Custodiemos a los gatopardos

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“Mi idea es que ninguna sociedad puede arrinconar esta “aristocracia natural” o “de mérito”, cosa que no tiene nada que ver con la clase aristocrática de cualquier tipo de Ancien Régime. Se trata, simplemente, de considerar que cualquier sociedad precisa una élite, o, por decirlo en términos geométricos, una cúspide de la pirámide cultural constituida por los ciudadanos más preparados, siempre en el bien entendido que esta punta de la pirámide -tampoco, nada que ver, con una clase social económicamente privilegiada o con atribuciones despóticas- esparza su excelencia por todo el resto de la sociedad: caben en esta excelencia tanto los hombres de letras como los de ciencias y de técnicas. Esta propagación de la sabiduría de los mejores (aristoi) se produce, en lo que respecta a las Letras, por el camino de la educación, pero también del periodismo, los medios de comunicación, las revistas, los cenáculos literarios, la vida parlamentaria, los museos, los ateneos y los centros urbanos de cultura, además de muchas otras plataformas: también un edificio o la organización de un barrio pueden ser civilizados o crueles” Jordi Llovet.

En los palacios de música vieneses, la altura de los escalones de mármol estaba pensada para que al subir por ellos las damas no tropezasen pisándose la cola del vestido, o bien no enseñasen inconvenientes pantorrillas: muestra exquisita de civilización, suma de belleza y tacto, y también exquisitez. Compárese esa muestra de inteligente delicadeza, esa obra maestra de las costumbres, con el salvajismo urbano “okupa”: nota abrumadora de barbarie y brutal ocaso.

José María Álvarez o Salvador Oliva, siguiendo así a una dignísima tradición humanista, incorporan a Shakespeare a nuestras lenguas merced a sus elegantes traducciones: muestra sublime, majestuosa, magnánima y generosa de distribución de lo mejor. Comparemos. La editorial Espasa, a cambio de dinero, y ejemplificando una definitiva e incontestable bajeza y suciedad, acaba de premiar la “poesía” de un tecleador cantamañanas: esparce basura y oculta la excelencia. Símbolo o muestra de estos desnortados tiempos.

Los escritores deben ser -al igual que nosotros los lectores- custodios de lo mejor. Sus ficciones y poemas y obras de teatro altas terrazas de platino y lirios. Los ciudadanos deben esforzarse por ser asimismo custodios y amantes de lo más selecto. Desterrar de sus mentes la chatarra y elaborarlas con materiales nobles y brillantes ¿Cuánto vale una democracia con demócratas con mentes liliputienses e ignaras?

Yo, y particularizo mi caso, debido a mis limitaciones e insuficiencias, no pertenezco a las élites, pero sí soy satélite de esas élites, orbito feliz alrededor de ellas. Un imperativo que me enseñaron ya desde la cuna. Mis padres me legaron el lujo del espíritu.

Los ricos ahora relinchan junto a sus caballos y yates privados, los filisteos se alimentan de alfalfa, televisión y tuits, los pobres propenden a la idiocia. Creo que la única salvación a esta hecatombe cultural reside en las capas cultas -lectoras, letradas- de la burguesía hacendada (capas cada día más delgadas y menguadas, burguesía cada vez más inculta) que nutren a esa pirámide cultural de los ciudadanos de más patente. Acaso se vea en ello clasismo, pero prefiero el instinto de realidad a ilusas evasiones utópicas, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo probado a la quimera.

Si la escuela, implosionada con ideales ácratas izquierdistas que conspiran justamente contra el mérito de algunos miembros de las clases trabajadores y no privilegiadas, convirtiéndolos en estupendos ignorantes y víctimas crueles del destartalado sistema, [Inciso. Las élites endogámicas sin la energía renovadora de los mejores entre las clases subalternas se pudren y parasitan. Pero la escuela ya no permite esa sabia circulación de las élites. Fin del inciso], si la escuela, decía, si la escuela mejorara, si la Universidad mejorara, acaso la impresión de depauperación intelectual y espiritual no sería tan intensa.

A veces tengo la presunción que el periodismo, la política, las editoriales, los museos, los ayuntamientos, los sindicatos, etc… están gobernados por la clase de los peores, por los últimos de la fila. Que desde arriba se esparcen o distribuyen detritus, resultando entonces todo una perversa contaminación o embadurnamiento de porquería. Filtraciones o capilaridad de cochambre y mugre. Las confirmaciones no son pocas y los desmentidos no abundan.

Creo que el enorme Pla observó que solo la mediocridad es socialmente admisible. Ahora la mediocridad es el único método de supervivencia. Parece que la gente (¿gentuza?) no quiere asumir como algo propio y valioso la cultura, la inteligencia basada en la dialéctica más experimentada, la inteligencia trenzada en los libros y el análisis y la perfección; parece que las corrientes y comunes versiones degradadas de las formas intelectuales o cívicas derivan en una crisis colosal de amor a la inteligencia y el valor, en un descrédito del mérito y una sobrestimación de la estupidez.

Al menos tengo una morada limpia y agradable, jardín y una buena biblioteca. Permítaseme un colofón o coda apocalíptica. La historia comienza a ser un bazar de gritonas bacaladeras (¿eh, señora Montero?) y deja de ser un eficiente cementerio de nobles aristócratas. Desean reencarnar a madame Du Deffand en una cajera de supermercado, desean oír en el salón de Marie Bruneau Des Loges el vulgar andaluz “cockney” de la Ministra Portavoz, quieren poner muebles de Ikea y bibelots kitsch en el Château de Sceaux. Las masas asienten con élites viciosas y tontas. La plebe es apática, incapaz y muy fácil de engañar. Los hermosos gatopardos son devorados por las ratas. En el mundo ya solo sobreviven hienas y ratas.

Conversar con (demasiados) vivos es como hacerlo con los indios, con incorregibles acémilas, o con monos incapaces de ese elemental logro que consiste en bajarse de los árboles. Custodiemos a los gatopardos. Que lo bello y luminoso sea mi elemento, pido a los dioses. Y no seguir a la multitud.

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