Dile cosas feas a tu poeta:

tienes un seso majara

y un alma cutre de peli de serie z.

Díselo muy alto, que en la editorial

lo oiga desde el bedel hasta el director general.

Dile que su poesía es una madriguera de ratas,

unas huevas yermas de escorpiones,

que sus versos son alta bosta viva,

o sus palabras cohetes dirigidos a Hiroshima.

Y cuando se lo crea,

y empiece a hostiarte entre tus brazos,

no lo dudes ni un segundo:

coge el cheque pitando.

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