
Me conocéis -mal- como viejo oligarca,
pero otorgo a Atenas la democracia.
Invisibles, inobservados, otros oligarcas disfrazados
con vosotros se repartirán la hacienda arruinada.
Nuevos oligarcas como vosotros esquilmaréis la riqueza
y la polis será lugar predilecto para el mal, el desorden y el latrocinio.
Permitidme os deje. Vuelvo a cultivar mis camelias en mi villa,
a mi silencio sin respuestas,
a mi razón que quieta divaga,
a tamborilear paciente mis dedos
sobre las hojas del tulipero y el imperialis.
Nada os debo; al cabo, mi riqueza
es de estudio, azar y cuna,
y sobre los guijos de esa playa
no he de tender mi toalla,
y demagogos y demócratas, en mi orbe,
menos reales que orientales alquimistas.
Uno sabio vale más que diez mil ignorantes.
Id, si os gusta, a sentaros en el último escalón.
Porque todo democracia conspira contra el gusto,
y a mi edad es impío ser lacayo del número y no del mérito…
Porque el prodigio -creedme- descree del voto y la asamblea.
