
La tarde otoñal se asienta
con olor de bistec en los vestíbulos.
Un coche de rally patalea,
burda estupidez de la Castellana monótona y gris.
Demasiadas tascas y muy pocas iglesias.
Las campanas no despiertan a los vecinos del barrio,
las ambulancias avisan de vagabundos beodos y delgados.
La gasolina trepadora, el aerogenerador
enroscado en gargantas jóvenes, crujen
fluorescentes, fantasmas de gastados -muertos- juguetes de Navidad.
Desórdenes producidos por la masturbación.
Brujería y herejía bajo tratamiento médico.
Ojos gafosos, Internet quiebra a tiros
a once adultos. Chapuza de cerebros
tocados por el fuego y el hielo de las parabólicas.
Radios, coches, anuncios incesantes, rubias teñidas,
muslos tatuados (Europa tatuada), tenderos sinvergüenzas,
uñas abrumadoras de los pies pintadas,
falta de nobleza para usar corbatas de colegio privado,
piscinas donde se bañan moscas embelesadas, bullicio
que no permite pensar en el bosque.
Personas en paro con harmonios agrietados.
Vacíos ojos pixelados.
En el salón, vienen y van
hablando de cerámica, bellas artes y mineralogía.
Hormiguean vapores de olla con caldo.
Novias de locutores deportivos en top-less.
De manera automática se alisan el cabello,
se cobijan en espíritus alquitranados sin pneuma,
y encienden el ordenador.
