Diario

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Lunes. Mañana.

Soy un solitario con perpetua. Siempre fue así. Nunca tuve amigos o novia. El nada cálido contrato del amor mercenario significa mi máximo acercamiento a un ser vivo. De niño, durante tres años, tuve una enfermedad en la sangre que no me permitía correr ni hacer deporte. De ahí el origen o pasión por la lectura. De adolescente mi trato con mis condiscípulos era meramente cordial; aceptaban mis rarezas y no se metían –ni yo lo hubiera permitido- conmigo.

Una imagen doble tengo grabada en mi memoria; con diecisiete años estar en las fiestas de un pueblo yo solo y aislado en una casa pese a la algarabía y jolgorio exterior. Ni salí –no me apetecía- ni me vinieron a buscar –eso no entraba en ningún plan. En Londres recuerdo que cruzaba un gran puente a mis estudiantiles veintidós años y notaba la riada de la multitud, la avasalladora muchedumbre, extraña y brutalmente ajena. Recuerdo que pensé: “Siempre ha sido y será así”. Casi treinta años después puedo jactarme de que se ejemplificó esa insinuación.

En mi alta juventud tuve dos trabajos que requerían interactuar con los demás y, enseguida, hui como gato escaldado. Me busqué un trabajo solitario y muy bien pagado y santas pascuas (de esas rentas y una herencia vivo ahora) Todo esto no significa que no añore a veces incidentalmente la cómplice mano en el hombro del amigo, el abrazo dulce de la amada, la ternura móvil de las palabras y gestos familiares. No pudo ser y ya está. Y bien que me pasó factura. Dos infartos (la soledad daña fisiológicamente al corazón), y dos depresiones severas que han acabado en un indeterminado -no diagnosticado- deplorable estado mental: alucinaciones visuales y voces. La soledad daña al software mental.

Mi nulo interés por amigos o amores se compensó con el desarrollo hipertrófico de intereses impersonales (estudios, literatura, idiomas, coleccionismo, jardinería, etc…)

La soledad puede incrementar las ideas creativas o momentos eureka, y puede intensificar el autoconocimiento (aunque, la verdad, tomarme seriamente como tema me aburre) La soledad también puede provocar extrañas experiencias perceptivas; agudización del sabor u olfato, indicios de momentos cumbre oceánicos, sentimientos de invulnerabilidad ética, posesión de una mística de raíz naturalista al oír música o bien al contemplar la naturaleza, desposesión de la idea que sucede a la emoción o de la emoción que precede a la idea, observación de la perspectiva y los objetos como con otro ángulo o con un peculiar recubrimiento (al pasar mucho rato solo y en silencio parece que a las cosas las cubre una película no sabría decir de qué exacta naturaleza). En soledad gustas por la contemplación activa del contenido de tu pensamiento, se incrementan las alternativas y dilemas de la imaginación, notas amor a esa buena compañía de la que fatalmente se carece (si un solitario recalcitrante logra vincularse con alguien también es probable que ese vínculo tenga notas más acusadas de verdad y empatía y honestidad), se tiende a desarrollar en alguna medida puntos de vista originales sobre el mundo y la vida, puede nacer un género especial de sueños que acaso no fuera exagerado llamar proféticos si el solitario es obsesivo y rumiador –también compulso- de unos pocos ítems, hay sentimiento tónico –para bien o para mal- de aquellos afectos solo templados en el sentir de los no solitarios, una excelencia profesional debido al exceso de concentración en el trabajo, etc… A mí me han pasado bastantes de estas cosas; claro, no todo van a ser infartos y depresiones. Como balance, mi terrorista soledad –que pocos aguantarían- la prefiero a sufrir compañía. Genéticamente no estoy diseñado para metabolizar una compañía que, más pronto que tarde, me cansa y agota. Y no vivo ni deseo ningún ensueño de amor romántico o de amistad a lo largo. Entonces seguro que los infartos y las depresiones ya me habrían hecho criar malvas.

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