Diario

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Martes. 2 de la madrugada

Declaró con modestia perspicaz Descartes “Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro”. Yo sé una parte muy infinitesimal del universo matemático, una parte ínfima de la enciclopedia filosófica, y algo, como mero diletante con tendencia orate, de literatura. Mi cultura general es generosamente perfectible. De la naturaleza brumosa y del propósito oscuro del cosmos, de las verdades significativas de la vida, de los motivos de la naturaleza humana, debido a mi poca vividura y a mi severa soledad autista, tengo convicciones, intuiciones de convicciones ni claras ni distintas. Me gusta meditar, pero carezco del contraste de los amigos. Vivo muy cómodo en la verosimilitud de mis hipótesis, a veces francamente extravagantes, y, cuando intento contra-razonar o buscar contraejemplos, siempre busco indicios ad hoc para que mis hipótesis fundamentales no se socaven. La soledad, además de devorar la dulzura, provoca cierta rigidez intelectual. No sé disgregarme en una colección de heterónimos muy dispares; mi yo puede jugar con personajes novelescos o diferentes máscaras, pero es un juego de mera ficción. No soy un actor loco capaz de creerse todos los roles que representa.

“Nunca llegaremos a comprendernos, pero podemos hacer mucho más que comprendernos” dijo Novalis. Debemos desembarazarnos de una ciencia exclusivamente racional. Hay en nosotros un anhelo de fantasías no reductibles a la razón, una voluptuosa flor azul de presentimientos poéticos. A mi juicio la poesía vive en el interregno de lo racional y lo irracional, arriba tiene el vaporoso, sedoso cielo estrellado, pero con los pies toca la realidad común de la tierra y los árboles. En los intersticios de la región lunar y la región sublunar brota la literatura. Entre lo invisible núbil y lo visible rocalloso la metáfora. En arte un término contrastable, medible, pesable, palpable, material, apunta de modo simultáneo, contra-declara a la vez un elemento no confirmable, no medible, aéreo e inmaterial como la piel de los ángeles.

La dramaturgia espontánea de creencias morales de la gente vulgar es dignísima, acertadísima. Su instinto estético o gusto es opinable, al igual que lo es el propio campo del gusto y la propia materia estética. El pueblo, el espíritu del pueblo parece una forma exagerada de hablar; el espíritu es un atributo individual. Los agregados son formas chuscas o categorías vagas. Pero sin generalización no hay conocimiento. Admitamos pues este juego lingüístico. El pueblo –claro- políticamente no es necesariamente vox dei (vox populi no es siempre vox dei) El pueblo, algo noble en principio, puede degradarse en populacho, la gente puede devenir en gentuza. Flaubert afirma que el pueblo siempre será un menor de edad. Su observación para mí es tan verdadera como profética lo fue cuando la escribió.

Un ser humano se puede dividir de muchas maneras. Todos somos, desde un punto de vista, iguales, y, desde otra perspectiva, diferentes. Nos diferenciamos, p. ej., en que una minoría se solazará en las realidades de la mente, y una mayoría optará por los hechos en un empirismo ralo y chato (al pan pan, y al vino vino)

Eso explica la aseveración de Flaubert; el pueblo de modo abrumador opta por la realidad y no por la mente; siempre padecerá por tanto minoría intelectual. Lo que conoce el pueblo a veces puede coincidir con lo que conoce una mente selecta, pero será con un saber abreviado, resumido, tosco, como algo no matizado.

El matiz es una propiedad de la mente; el proverbio o el refrán un atributo de la realidad.

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