Un noble medita pausadamente

Photo by Ron Lach on Pexels.com

Tener casa propia, limpia y agradable, afable,

un jardín tapissé de flores y abejas en verano,

pocos o ningún hijo, acaso mujer fiel, ningún tumulto;

que vague la vida en Adagio non tropo, ma divoto,

estudiar los severos astros, mucho leer a la luz de la vela,

acallar la lengua (que abunde mucha conversación

con el cielo y así no obtener dócil habladuría),

convertir en rechifla la farsa y sátira de la época,

sin deuda y poca hacienda, ni avaracia ni deseo.

Contentarse con poco, nada querer de los Grandes,

domar las pasiones, cultivar el juicio esclarecido,

no conocer la tormenta y meditar en silencio,

y, solitario como un sabio, escribir con letra clara

y pausada igual al corazón, un libro modesto y veraz

que ampare pálida memoria de tus días o iguales afanes.

Y ya que arden los conventos, o nadie cultiva la tierra,

y se pueblan de salvajes las ciudades, pasar los granos

del Rosario sin devoción: attendre doucement la mort.

POST SCRIPTUM:

Variaciones a un tópico literario ligeramente inspirado en un muy raro poeta francés del Seizième.

Ya avancé por los caminos varias parasangas. Me adentro en el seco, frío Invierno de mi descontento, dirección al País del que Nadie Regresa. Si pudiera volver a vivir mucho cambiaría mi vida; hubiera apostado fuerte por mi vocación de escritor y trabajado (fui una especie de traductor secreto internacional) infinitamente menos. Temí a la bohemia y su pobreza. No fui osado. Solo me queda legar mi nada a nadie, pedir perdón a Proserpina y «esperar dulcemente la muerte».

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