Solitude

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Escribió sagaz y certero De Quincey: » Ningún hombre que, cuando menos, no haya contrastado su vida con la soledad, desplegará nunca las capacidades de su intelecto» Y Edward Gibbon insistió en una observación similar: «La conversación enriquece nuestro intelecto, pero la soledad es la escuela del genio; y la unidad de una obra denota la mano de un artista individual» O Jung, sobre un punto de vista bastante igual: «Los años en que estuve persiguiendo mis visiones interiores fueron los más importantes de mi vida; en ellos se decidió todo lo esencial» Y concluiré con un poeta, cifra y numen de mi hipótesis, expuesta con discernimiento sapiencial, energía en la dicción y exuberancia en la expresión. Escribió Wordsworth:

«Cuando, durante mucho tiempo, de nuestro mejor Yo fuimos

apartados por el ajetreado mundo, y desfallecemos,

enfermos de su quehacer y cansados de sus placeres,

cuán misericordiosa y benigna es entonces la Soledad».

La psicología popular y el arte comercial (o no tan comercial) nos han convencido implícitamente que la principal y casi única fuente de felicidad son las relaciones interpersonales, el comercio emocional con el amor, la familia y los amigos, desdeñando nuestros intereses, creencias y gustos solitarios e impersonales. Para mí es intensamente más esclarecedor y relevante lo que sucede en mi cabeza estando solo, incluso patológicamente aislado, que aquello, una mera Babel de Ruido u Odisea de Barullo, que me ocurre en compañía (donde siempre actúo algo exageradamente con la máscara -falsaria- de tipo irónico e ingenioso)

Me gusta estar muy solo, solo así soy yo verdaderamente, y, en la energía y bendición augusta de la soledad, mucho meditar, mucho contemplar los temas que me importan y obsesionan, y sentir cómo se modifican y agudizan las sensaciones, trabajar mentalmente en algunos poemas o incipientes y brumosas prosas, o en volanderas ideas indeterminadas, o habitar los poblados -densos, fosforescentes- recuerdos. Me gusta sentarme en el banco solitario de la plaza de mi aldea feudal (pasan a veces horas sin asomo de presencia humana) y ensimismarme y rumiar al compás o correr de la mente, y oír a los pájaros ducales, notar el ulular del viento como un Zeus benigno y cálido con su idioma celeste, asombrarme de la coloración granulada y puntiaguda de la luz mientras oscurece paulatina y lentamente.

Solitario crecen y se ramifican las ideas creativas, y solitario cada vez te conoces mejor ( te afinas mejor) a ti mismo. Cuando estoy en la odiosa Barcelona o en la provinciana Orense -donde también tengo casas- voy yo solo a los restaurantes, al teatro, a los museos, a las librerías o cines o cafés. Flâneur altivo y meditabundo, me siento en una rincón y divago egregio como un noble medieval frente a su fuego en noches de callado invierno.

Uno de los rasgos de mi personalidad es que la ternura y el afecto que indefectiblemente algo necesito no soy capaz de asimilarlos, me producen malestar, tensión y carga. Me desequilibra sufrir compañía y consideración. Por eso desde los nueve años estoy muy solo, desacostumbradamente e increiblemente solo. A veces es duro (la estricta y compacta -yihadista, esquizoide- soledad devora la felicidad y la dulzura), pero no siempre lo es. A veces, confrontado y enfrentado a mi soledad, ayuno de amistades y amores, afloran epifanías gloriosas, momentos eureka, sentimientos de poder, invulnerabilidad y exquisito placer inenarrable no susceptible de un trasunto en palabras. Sé que nado a contracorriente. Mi vida esteparia y eremita probablemente no sea un bien universalizable o deseable.

Paso también horas arrellenado en la butaca de mi galería acristalada contemplando el valle y meditando en las lindas musarañas o mirando árboles pulimentados. Los ruidos de la casa (crujir de la madera, unos perros ladrando, el golpear de la lluvia en los cristales, el tic-tac del reloj del comedor, el leve susurro de la calefacción, la respiración de mi perra) son como la savia que circula dentro de mí, y mi única querible melodía. Prácticamente nunca oigo la radio o enciendo el televisor ruin. Las redes sociales me provocan -su uso excesivo- una orgía de culpabilidad alemana. Mi medio natural es andar enclaustrado en mi mente silenciosa, o muy solo deambular (sin interactuar) entre la populosa muchedumbre.

El bullicio del mundo me asquea como una rata metida en la tráquea. Ser solitario es mi daimon y destino, mi santa unidad sagrada y rosácea. Lo admito: seguramente soy el más solitario de los hombres que han existido.

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