Diario

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Es altamente probable que deje de vivir en Galicia. Fueron alrededor de diez años buenos o muy buenos. La inteligencia de un hombre se mide por la cantidad de silencio que es capaz de soportar y por las cantidad de estupidices que es capaz de evitar. En mi pazo gallego del siglo XVII no sufría la paleta compañía de los labriegos elementales y zumbones, me asqueaban las bostas de vaca con verdezuelas moscas alrededor, y el tono o coeficiente pasmosamente mediocre (más allá de un límite crítico) de la sociedad galllega y sus prohombres tallados en tópicos de mal manual y sus proclamas como conjuros apasionados independientes de la confirmación o refutación de la realidad, me deprimían. Un pueblo abrasadoramente inculto y necio. Pero en mi casa de Orense disfrutaba del conventual y majestuoso silencio, de la regia y solemne o augusta soledad, y de mí mismo. Cualquier compañía es latosa; la de un gallego-tipo, doblemente latosa.

Pero salgo de Madagascar para caer en Guatapeor. Ahora viviré en Manresa y Barcelona, donde tengo casas y lujos que no desiquilibran mi presupuesto. La casa de Barcelona llena de cortinajes aterciopelados, muebles antiguos, y ediciones encuadernadas en piel de los libros de derecho y economía de mi papá, y de los libros de literatura e historia de mamá.

Los catalanes son hombres «completamente»: completamente imbéciles, completamentes inanes, completamente despreciables. Símbolos y númenes de la medianía más atroz. Incapaces de alzarse un palmo por encima del suelo. De los paletos gallegos a los burguesitos adocenados del risible «imperium» catalán. No hablan decentemente su lengua ni lengua románica alguna con cohesión y coherencia. Simiescos dominguillos de «tortell» y «mona de Pascua».

En mi casa de Barcelona me arrellenaré en la butaca y leeré y estudiaré. No tengo muchos libros ya que la mayoría los llevé en trailer a Orense. Las cucas librerías francesas e ingleses se sustitituyen insensiblemente por tiendas de ropa de lujo. El tráfico y la aglomeración de personas causan brotes dermatológicos en alguien delicado como yo, que admira la civilización y no su parodia grumosa. Pasear por Barcelona es como vadear un pedregoso río lleno de pegamento. Te cruzas con miradas lelas donde no asomó una chispa de capacidad, talento o inteligencia, ves cabelleras teñidas y modelitos en cabezas donde un abisal vacío puebla el craneo peliteñido. Ves talluditos gordinflones en bicicleta o patinete. Y cerca, contiguo, el submundo choni de arrabal y delincuencia y tan tatuado de Cornellà u Hospitalet, ese Inferno gutural orangutanesco.

Papá y yo coleccionamos juntos libros de política. En sus idiomas originales. Por aquí andan viejas ediciones, dispuesta entre la noble caoba, de Hayeck, Von Mises, Berlin, Friedman, Salisbury, Hume, Locke, Burke, René Girard, Rémi Brague, Robert Spaemann, Fabrice Hadjadj. También volúmenes -nada intonsos-, de Menger, von Böhm-Barker, von Wiese, Lachmann, Kauder, Jay Nock, Chamberlein, Chodorov, Nisbet, y Aron, Polanyi, Ropke, Rueff, Oakeshott, Strauss, Voegelin, Jouvenel, Ortega, Weaver. Tenemos a Kirt, y a Viereck, a Weber,o Julián Marías, Gómez Dávila, Balmes, Donoso Cortés y Bonald. Una surtida biblioteca del pensamiento diestro más capaz e inteligentemente suficiente. Me voy a poner las botas.

¿Me cansaré de tanto leer? Ni que leyéramos corriendo…

……

Es sabido el abajamiento que la democracia cultural provoca. En una sociedad de masas hay más cultos, pero los cultos son infinitamente más incultos que antaño. Las élites (periodistas, escritores, profesores, políticos, clérigos, empresarios, etc…) carecen de vigor y ejemplaridad, de fuerza y altura intelectual.

El auténtico espíritu clásico es una abertura a la inteligencia y la vida, a la inteligencia del mundo y la naturaleza. Estudiar derecho romano, latín, filosofía aristotélica, arte griego, no es óbice para aprender informática, lenguas modernas, ciencia cognitiva. Lo nuevo no se opone a lo viejo, se complementan con sabiduría. No es gratuita o peregrina la clasicidad, sino que permite la capacidad de juicio, la elaboración del razonamiento, el don del discernimiento. Y la capacidad de juicio es la premisa inexcusable de la libertad y la moral.

Observo una defenestración o devaluación en la capacidad de juicio de las élites democráticas. El clima cultural que irradian es decadente, pobre, bobo y anecdótico. No hay en su mente algo así como las pilastras de granito de la civilización, sino nebulosas a veces pueriles, a veces frívolas, con frecuencia vaporosas y huecas. Mucha información y poco conocimiento, algún conocimiento y ninguna sabiduría. O hay un rearme educativo fuerte (una nueva ilustración) y unas élites con sustancia o nos vamos al garete. Aunque bien pensado la decadencia empezó cuando se generalizó la escuela pública y gratuita, cuando muchos quisieron y entraron en la Universidad. Los prebostes de Eton y Oxford a cambio del pensamiento magazine tertuliano. Y encima las masas piden el sugragio universal. Acabáramos…

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