Diario

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PAX BURGUESA

La luz tamizada y oscura cae sobre el tejado, el alto linaje de mi secreto burgués consiste en saber estar arrellenado en el sillón, traspuesto, quieto, con una copa sobre la mesita.

Así se calman las hogueras del caliente e híspido corazón del mundo. El insoportable fárrago, el estruendo de chirrido y furia se adelgaza o desvanece si me estiro en el diván con un libro. La tiranía vulgarzota del éxito, el alud de la avaricia, la devoción a la maldad, los modos tan maleducados que se adueñan del trato, la polución de la tierra y el desbarajuste (como nueva teología omniexplicativa) del dinero, el culto a la imbecilidad, todo huye merced a mi pax burguesa.

La felicidad es un estado catatónico caracterizado por la incapacidad para la sorpresa, una suerte de monótono, previsible enclaustramiento doméstico, como cuando me siento en la galería cálida acristalada y me embobo mirando nada. O no, es decir, mirando el vacío con atención.

Miro atento y voraz la iglesia del siglo XIII contigua, a dos metros de mi galería, y sé que la iglesia y el hogar son la eudaimonía. Paz. Ver el amor y ritmo binario con que cae el orvallo. Ver al fondo el valle psicalíptico de los cañones del Sil. Mientras leo a Platón, Plutarco, Tito Livio, Montaigne, al barón de Maldà… Rodeado de utillaje y mobiliario altoburgués (menos, muchísimo menos en mi casa de Orense, ya que por prudencia no debo hacer grandes dispendios aquí sino ahorrar como hormiguita)

Recuerdo una novela de mi baja adolescencia, una novela mítica que hace décadas que se me cae de las manos debido a un pathos propio de una crisis de paso o madurez, de tránsito hacia las certezas y convicciones de la adultez, la archifamosa «El lobo estepario» de Herman Hessse, donde en una escena Harry Haller se para en el rellano de un piso del edificio de la pensión donde se hospeda, y, las macetas de flores, la limpieza y lustre del entarimado, el olor a alcanfor y el orden general implícito, le provocan una rememoración entre epifánica y elegíaca al mundo pequeñoburgués de su feliz infancia.

Exacto; esa disposición moral estrecha y ordenada (susceptible, como cualquier cosa, de crítica) es el símbolo, las raíces y la savia de la civilización. Ese discreto encanto se conjura contra el terremoto ácrata. No negaré que todo escritor debe tener de alguna manera una úlcera dentro o un yo dañado, un daimon dionisíaco, pero sin el reglamento del apacible mundo burgués apolíneo, Caos destruiría en un periquete el mundo.

La actual depauperación en Occidente de las clases medias no anuncia ni presagia nada bueno, bien al contrario. Una mesa con cuatro patas está bien hecha, no cojea, como una sociedad en que abundan las benditas clases medias.

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EL ESCRITOR

Me encanta esta observación de Wilde sobre George Meredith: «Como escritor es un maestro consumado en todo menos en el lenguaje: como novelista puede hacer cualquier cosa menos contar una historia: como artista puede ser todo menos articulado».

Leyendo mucha novela de mis coetáneos, diría que su principal carencia es copiar un modelo de prosa periodístico, nada dinámico, legible, podado, mineral, homogéneo, monótono, común. Es una prosa que sirve eficazmente para vender, pero da una impresión de rudimentos u obrador muy elementales.

Sin cabrilleo ni estremecimiento, de tono apagado, mate. Sin ese efecto poético singular de la precisión irónica o el vuelo. Sin el cosquilleo del pensamiento encima o la emoción debajo.

Abunda así la prosa unicelular. Semillas que nutren plantas raquíticas y monocolores, anabolizantes artificiales que provocan una musculación fofa. Este modelo de prosa pobre es el equivalente o el paralelo a la globalización económica y cultural. Parecería que debemos escribir todos como quien devora palomitas.

En un mundo cultural y social centrado totalmente en el mercado, con un déficit educativo de dimensiones mundiales, donde la información se reviste de entretenimiento, donde la única causa aceptada universalmente es el beneficio económico, en un mundo donde la explicación científica y técnica desplaza al mito y la poesía, donde la comprensión de la sociedad pertenece a las ciencias sociales y la crítica política es un eco de los media, en este mundo, dadas las condiciones de este mundo ¿es posible una literatura que ya no pacte de un modo definitivo con el entretenimiento y la banalidad?

Para unos pocos miles de lectores la respuesta acaso sea sí, pero para la sociedad tomada en su conjunto temo que la respuesta es la contraria. «Si lo desea apártese de la virtud, pero sin caer en el vicio» afirmó Mazarino. Escritores sin virtud que caen de lleno en el vicio. Una mayoría o peste que se impone insensiblemente.

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En la mente popular acecha la idea que, bajo cualquier humano, se encuentra una creatividad artística deslumbrante. Los dones para registrar emociones en prosa, bailar eurítmicamente, cantar con propiedad, componer un aceptable poema, ejecutar cabriolas con el pensamiento o bonitos artefactos con las manos, están ampliamente distribuidos en nuestra especie.

Pero una creación, un artista, debiera predicarse de aquellos objetos salidos de una mente muy fuera de lo común, absolutamente extraordinaria, con una voluntad férrea y tozuda, y al servicio de un punto de vista singular y grande sobre la vida y el mundo.

Y esto sí que escasea alarmantemente entre nuestros congéneres. Un mero tipo con labia y desparpajo que se sale con la suya, una suerte de bohemio-charlatán que desea vivir fuera de la rutina burguesa y anhela una suerte de vida libre y desembridada, un mero imitador eficaz de formas ya establecidas, es el talento que hoy abunda pero que poco -nada en realidad- se aviene con el genio creador.

Todo quisque desea que sus expresiones se enjuicien como artísticas, pero de ello solo resulta un abaratamiento y descenso del nivel medio. Si todos quieren ser artistas, el arte se devalúa. Si es fácil ser artista y todos son los elegidos, el arte se abaja hasta la irrisión. Si ser artista solo consiste en «expresarse», es arte tanto la expresión del analfabeto como la del letrado, inspirado y alado. Y, así, con ese criterio, el arte se pudre.

Cualquiera puede tener creatividad, pero casi todos carecen de creatividad artística en el sentido fuerte y con las condiciones (gran mente, gran visión y gran voluntad para defenderla) antes mencionadas. Ars longa, vita brevis.

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Un escritor se hace con el culo: leyendo y escribiendo (también, claro claro, viviendo) Hay escritores a quienes no les gusta leer. Otros, si leen, suele ser un libro malo. Y si es un libro bueno, muy poco de él entienden. Y si entienden bastante, al final lo olvidan.

Un escritor debe leer como un escritor, no como un filólogo o un académico. Yo, por ejemplo, cometo errores muy graves en mi poesía porque leo poquísima poesía (si hay esporádicos aciertos, es porque soy un estudiante que con muy poco aprende en cambio mucho) Mi prosa tiene a veces -pocas- cosas bonitas (ay qué bonitos, qué bonitos, en «prosito», tus versitos) pero en demasiadas ocasiones tiene fallos de principiante o de escritor gandul (odiosa facilidad; casi nunca corrijo dada la informalidad, rapidez e inmadiatez de las redes sociales o el formato blog, que premian la merma expresiva y el descuido, e imantan a lo escrito de un hilo de falta de relevancia y de palabra o serie de palabras sin valor o peso o aura)

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El medio más seguro para no llegar a ser un imbécil periodista, es no pretender ser muy periodista. El medio más seguro para llegar a ser un mal escritor, es pretender ser muy escritor o nada escritor.

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DADDY

En Septiembre hará nueve años que murió mi padre. Te echo de menos papá.

Tu amor derramó sobre mí más vida de la que yo tenía. No hay nada más hermoso que una mesa abundante donde desayunan los padres con sus hijos. Nada más noble que la alegría de arrullar y pacificar.

Sin tu mar, sin tu sol, siento roncas las tinieblas impalpables. Papá, todas las horas de tu vida todavía me acolchan. Papá, el combate sin ti es duro.

Nunca hubo una guerra buena ni una paz mala.

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Es curioso, desde mi depre desarrollé un sentido del orden literario, que me vuelve visceralmente intolerante a la prosa de farfolla de Joyce o Gertrude Stein, o bien Derrida y Althusser. Y la de sus miles de imitadores menores y chuscos.

Me recuerdan charcos y laberintos sucios y pesimistas, duchas de manicomio, parloteo o ecolalia de esquizofrénico, pulsión tanática de suicida, signos clínicos de la zozobra y hecatombe psíquica.

El siglo XX apesta a culebras y alcantarillas.

El siglo XXI apestará a abrillantamiento de pantalla vista en una sala de conferencias por un público indiscernible de un conjunto de monos.

El siglo XXI empezó sonando a música de sala de dentista o de ascensor, y acabará con megalópolis donde todos se convirtieron una mañana en horribles insectos.

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La prosa modernista fue una imitación del conglomerado.

Las librerías, bibliotecas, museos, tiendas, universidades, hicieron de la aglomeración -en un mismo recinto se venden joyas, se edifican capillas, se instala un servicio de juguetería para infantes, se proyectan películas, etc..-, de la aglomeración y lo abigarrado un seña de identidad.

Una galería de arte ya no es una galería de arte, también es un parque de atracciones. Una biblioteca no es solo una biblioteca, es tanto un espacio social como de estudio. Una Universidad es también una academia de artes sensuales, donde se enseña y aprende, no latín y griego, sino hip hop, liderazgo emocional, terapia y sexo tántrico, y otros modos de estimulación (o deyección) placentera.

También existen conglomerados mentales, menos conocidos por lo que son, a saber, rocalloso pensamiento confuso. El pensamiento directo es elegante y habla de esencias, el pensamiento aglomerado es como burbujas o farfollas balbucidas y que expresa forzadas metáforas, por ejemplo, el fútbol como danza o como teatro o como guerra, la moda o vestimenta como escultura animada o como relaciones semióticas, el gesto como un lenguaje, los paisajes como arte vivo, la pintura como alfabeto, la filosofía como novela, etcétera.

El conglomerado es el perfecto correlato que expresa la vivencia del tiempo de los hombres contemporáneos; barroco y uniformemente acelerado. Lo contemporáneo es una suma de «le goût de la boue» (el gusto por el fango), la satisfacción pornógrafa y el desmedido gusto y afán por el amontonamiento.

Tiempos estos de decadencia bizarra helenística.

La clasicidad deslinda, clasifica, ordena, jerarquiza, argumenta, se limpia y ducha, el estilo privado de los hombres de ahora es informal, sin corbata, sin formas, popular, descuidado, arbitrario, espontáneo, en busca de una vida totalmente emancipada, sin condicionantes, empezando por los de la inteligencia y el buen gusto.

En un gran espíritu la consecución (la búsqueda) de infinitos deseos sin valladar la convierten en una mente fáustica, con posibles grandes creaciones en el orbe artístico y científico. En la inmensísima mayoría de los hombres comunes, esa sed insaciable de deseos, ese reino de los derechos y las demandas y eclipse de la responsabilidad, deberes y justa autoimagen, los convierten en mecanizados -y casi endeudados de por vida- en, decíamos, robotizados consumidores.

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La prosa del siglo XXI -juraría- será la de la asociación asamblearia en lugar de la del solitario (con amontonamiento perceptivo o sin él)

El gabinete pasará de moda y tendremos en su lugar la red social. El escritor no será un ser aislado sino un nódulo en una malla de lectores comentadores- modificadores – correctores. El criterio no será de un «Único» sino que se diseminará o socializará en likes de aprobación de la masa que dirigirán el «design» del escritor. El criterio será el de la «Colmena».

La prosa del siglo XXI será una esquelética (elemental) y troceada lista sancionada de grandes éxitos.

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Si usted que me lee es estudiante de humanidades en la Universidad, por favor no se empecine en lo obscuro y embarullado, y note que nunca debemos atribuir la falta de claridad e inteligibilidad del pensamiento a un problema de expresión del pensamiento; a un lenguaje claro y perspicuo corresponde un pensamiento claro y perspicuo, y a un pensamiento diáfano también corresponde, como la sombra que sigue al cuerpo, una formulación lingüística diáfana.

Si claro es el escrito es porque usted tiene claro el pensamiento, si confuso debido a que sus ideas son oscuras y precisan clarificación. Comentar un hecho de cultura con una redacción hermética y verbalmente terrorista le abaja como estudioso o estudiante a una descortés y zulú tribu. La civilización, aunque difícil y anudada con distintas hebras, es solar; no la oscurezca innecesaria, torpe y maleducadamente.

Recuérdelo como un mantra: Si no lo puede decir claramente, no lo entiende claramente.

P.D. Es de tarugos tomer apuntes. Concéntrese en clase. Intente memorizar la «lectio». Entre clase y clase haga un esquema mnemotécnico de lo entendido. Y no salga de la biblioteca de su Facultad. Se estudia leyendo libros. Se hace el ridículo tomando y estudiando apuntes.

Si no es capaz de adaptarse a este método, NO merece pisar ninguna Universidad.

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«Os deseo otro siglo, otros autores, otro público» Voltaire.

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«El nuevo gobierno de Sancho», tituló profético Castellani.

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