El mundo de ayer

Mastines diabólicos corriendo por los bosques,

plumaje de légamo sucio en mares de niebla,

granizo frente a la barandilla de la playa

en que creciste en soledad ¿Dónde vivir, sino en los días?

El futuro es un país lleno de monstruos.

Maldigo esta hora, que se entrega atada de pies y manos,

a la ignominia, la ignorancia, a los panfletos,

esta llanura peluda de suburbios, bobos parloteando

como con huevos escalfados en la cabeza,

macacos y curillas imbéciles atiborrados de cochinillo,

caminando como zombis, hacia nadie sabe dónde…

Recuerdos, recuerdos, días del noventa y uno,

oliendo la ginebra del amor y el crisantemo,

mordiendo sus pezones de razza ebraica,

noches de basalto y alquimia, donde cosechaste

alegría, sexo y juventud. Recuerdos, recuerdos,

disipados en el brillante laberinto de fuegos artificiales,

saboreando, palpando, sobando, sangre de potrillos jóvenes…

¿Qué fue de la plata, las gemas, el marfil,

las nieves de antaño, los biombos y abanicos,

los vestidos teñidos de púrpura gétula,

la Luna saludando a los planetas? Recuerdos, recuerdos…

Voy deambulando, turbado en mi inseguro camino,

rodeado de un cielo y una tierra que,

como una hidra, sin descanso destruyen y devoran…

Se abate el pino y en los montes acierta la tempestad.

Atardece. Atardece en la aldea junto a la iglesia.

Pero veo a mi madre, ya tan viejita, leyendo a Balzac

en la galería. El ocaso con un libro en las manos,

frente a los cautivos que solo poseen su ignorancia

y esclavitud. Esa imagen de su presente es mi futuro.

Con un libro sentir el eco de las olas aéreas.

El camino es oscuro. Con un libro esperar la ligera muerte.

Nous navons que deux jours à vivre: ce nest pas la

peine de les passer à ramper sous des coquins méprisables.

Y el mundo de ayer, recuerdos, tantos recuerdos,

lleno de intensos azules y rosas en la ilimitada lejanía…

P.S. «La tarea del mercado es convertir la basura en oro. Y la basura es cualquier cosa, desde la auténtica basura al oro. El mercado no distingue entre la basura y el oro, porque es función del mercado hacer que la basura sea oro […]; el mercado está obligado (es su tarea) a destruir todo aquello que pueda dificultar que la basura se convierta en oro. Por ejemplo el conocimiento capaz de proponer un valor contra un precio.
El mercado destruye el conocimiento porque el mercado produce oro. El antiguo mecenas, en cambio, necesitaba imperativamente el conocimiento para encontrar oro. Es una diferencia esencial que marca épocas muy distintas en el desarrollo de la civilización occidental» Félix de Azúa, Diccionario de las artes, Debate

Velázquez proponía a los reyes la compra de pintura italiana ya que se sabía que su criterio se aquilataba en conocimientos extensos y minuciosos. Eliot fue un mandarín, como lo fueron también Russell o Moravia o Enzensberger o bien Sartre. Hoy diseñan la opinión pública -la peor de las opiniones- Ophra Winfrey, Pablo Iglesias y Jorge Javier Vázquez.

A mi juicio, ahora leer y saber no importan, incluso molestan. El descrédito cultural se convirtió en una moda cultural. Expresarse con subordinadas te convierte en ininteligible, y te miran mal si procuras hablar bien -con simple corrección y precisión- evitando el descosido mongoloide sintáctico habitual o la jerga charlatana o chalaneo tabernario. El ignorante no se avergüenza íntimamente de su ignorancia (e intenta remedarla) sino que se vanagloria de ella y la exhibe públicamente sin pudor (acaso porque -y esto es ya dramático- no sabe incluso que es ignorante)

¿De qué están hechos por dentro los hombres? De aquello que llena su ocio y ocupa su tiempo fuera del trabajo: los «media». Los media no instauran toda la conciencia; el lenguaje es recursivo y el pensamiento un habla contigo mismo. Hay parte de lo que eres interna y parte externa modelada desde fuera. Pero pocos se esculpen y determinan a sí mismos autárquicamente con el auxilio del arte, la literatura, la ciencia, las humanidades y el estudio, sino que asumen (en términos generales) acríticamente las ideas y valores comunes farfulladas por la televisión, la radio, la prensa, el cine e Internet. Se educan con una música inarmónica que asorda el alma, que te encadena a la obscura, neblinosa cueva platónica.

Oscar Wilde (un aforista extravagante que siempre tenía razón, según dijo Borges) afirmó que las modas eran tan feas que por eso se debían cambiar cada seis meses. La moda de la incultura y de «seguir al rebañego» (Unamuno) temo durará uno o dos o tres siglos más hasta que la historia amanezca espléndida con una especie de nuevo y juvenil renacimiento carolingio. La amnesia y anomia desorganizada y catastrófica de la educación secundaria y universitaria hace que yo sienta incluso que ya «ni es posible hallar consuelo en tinieblas proféticas»(Eliot)

Además el mundo dejó de estar familiarizado con la urdimbre vegetal, astral, cósmica, teológica, con las resonancias de un sentimiento de la vida lento, meditativo y litúrgico, agrícola y celeste.

Yo vivo en una aldea de diez personas (me sobran nueve) y desprecio la euritmia «turbocapitalista» y los deleites o afanes laboriosos de la urbe. Me alimento solo de Nescafé y libros de anti-modernos (Ébola, Burke, Bonald, De Maistre, Guénon, Gómez Dávila, Donoso Cortés, etc…) Dejaré mi rica biblioteca y mi patrimonio a mis gatos, igual a como hizo Richelieu.

Noto la ley de degradación de la «qualitas» en virtud de la «quantitas». Sé asimismo que la poesía, la literatura y el pensamiento en verdad importantes desaparecieron de la inmediatez cotidiana de la gente, gente embrutecida por los medios de comunicación y que, plagiando a un gran poeta (y advirtiendo sus notas irónicas), no puedo menos que llamar «gentuza».

Cambiando algo el sentido del verso,»But all is changed, that high horse riderless», («Pero todo ha cambiado, aquel elevado corcel anda sin jinete» Yeats); nada me atrae la baraúnda y martilleo estridente del mundo y monto mis corceles de los siglos pasados con gusto sumo y pasión desmedida. Mi noche no apunta al mañana infausto sino al ayer majestuoso.

Solo escribiré elegías. Prefiero aquellos antiguos ganchudos sifones a los muebles impersonales de Ikea, considero unos labios imbéciles a los gordezuelos labios apisonados por obra de la cirugía estética, me aburren los «best-sellers» de avulgarada prosa -prosa ulcerada- y muy mal compuestos, leo a Boswell y a Platón, a Emerson o Fumaroli o Bloom en mi galería acristalada a la luz del quinqué o de la luna; y me digo apocalíptico el verso famoso: cualquier tiempo pasado fue mejor. Solo soy un hombre solo, enfermo, triste, sin amores ni amigos. Solo soy feo, católico, monárquico, loco, surrealista y sentimental. Ojalá no hubiera nacido.

Después de publicar mi libro, dejaré las redes sociales y me olvidaré de relacionarme con mis semejantes. Leeré, pensaré, estudiaré, no escribiré. Esperaré dulcemente la muerte. Y viviré solitario a la sombra del haya frondosa.

Photo by Daniel Cruz on Pexels.com

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