Diario de un esquizofrénico XII

Identifico mi apocalipsis y venidera hecatombe psíquica, con el ocaso del mundo y el castigo de Babilonia y la caída de España. Me saboreo y me mido, me engaño, creo mis propios mitos, no critico mis alucinosis, no me creo un mero subproducto industrial (así como el capitalismo crea una demanda de productos anti-capitalistas, la cultura, en su menú, siempre tuvo su sección bien surtida de apocalípticos –y de integrados-) Pero mi locura no alcanza el paroxismo de opinar solo aquello que absolutamente no creo. Bien sea el pirronismo, pero aunque se admiran antiguas cerámicas chinas lo frecuente es adorar el plexiglás.

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Mi alma es una guarida donde se contorsionan víboras y escorpiones.

Me sé de memoria la descripción de Londres en Oliver Twist.

Jamás había visto lugar más sucio y miserable. La calle era muy estrecha y llena de barro y el aire estaba impregnado de olores inmundos. Había muchísimas tenduchas, pero la única mercancía disponible parecían ser montones de niños, que, incluso, a aquellas horas de la noche, entraban y salían de las casas a gatas o gritaban dentro. Los únicos lugares que parecían prosperar en medio de la pestilencia general del lugar eran las tabernas y en ellas reñían con todas sus fuerzas los irlandeses de más baja estofa. Pasadizos cubiertos y patios, que se apartaban aquí y allá de la calle principal, dejaban ver grupitos de casas en las que hombres y mujeres borrachos se revolcaban seguramente en la inmundicia

La miseria de los paseos de calles comerciales. La miseria enhollinada del solitario tras el computador. La forja de la mente esponjosa de los océanos y mares con herbicidas, detergentes e hidrocarburos. La siniestra prostitución de los plutócratas.

Unreal City, I have seen and see / Under the Brown fog of your winter noon / Mr. Eugenides, The Smyrna merchant, / Unshaven, with a pocket full of currants / (C.i.f. London: documents at sight), / Who asked me, in abominable French, / To luncheon at the Cannon Street Hotel, / And perhaps a weekend at the Metropole.” Eliot.

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Mi alma es sentina de barco carbonero.

Mi alma cubre de niebla al valiente soldado que cae herido.

Mi alma es de judío con la quijada rota por el culatazo nazi.

Me sé de memoria estos versículos:

Llorarán, harán duelo por ella los reyes de la tierra, los que con ella fornicaron y se dieron al lujo, cuando vean la humareda de sus llamas. Llorarán y se lamentarán por ella los mercaderes de la tierra, porque nadie compra ya sus cargamentos: cargamentos de oro y plata, piedras preciosas y perlas, lino y púrpura, seda y escarlata, toda clase de maderas olorosas y toda clase de objetos de bronce, de hierro y de mármol; cinamomo, amomo, perfumes, mirra, incienso, vino, aceite, harina, trigo, bestias de carga, ovejas, caballos y carros; esclavos y mercancía humana.

Y los frutos en sazón que codiciaba tu alma, se han alejado de ti; y toda magnificencia y esplendor se han terminado para ti, y nunca jamás aparecerán

Lamentémonos por Babilonia. Horroricémonos. Esa soledad en la Ciudad es nuestro contemporáneo suplicio.

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Mis cuadros favoritos son “Antigracioso” de Boccioni y “Mujer subiéndose las medias” de Toulose- Lautrec. Rostros de labio inferior grueso, pupilas felinas, mejillas deformadas, fauces como de águila y mechones grises. Y concupiscencia enrollada en el paladar. A veces, lo mejor en la vida, es levantarse pronto, y, a horcajadas, orinarla y defecarla.

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Parezco con las anteriores jeremiadas como aquellos pintores pompier alumnos de David que tocaban con casco (¡de bombero!) a los griegos y romanos de sus grandes “tramoyas”.

Debería tomarme con más humor mis impresiones de retroceso, decaimiento y ruina.  A veces me noto demasiado llamativo y pintoresco, como con casaca azul cielo de dictador africano repleta a rebosar de medallones. Para Hermann Broch la relación entre el kitsch y el arte verdadero es la misma que hay entre Cristo y el Anticristo.

Me gustaría un trazo pulido, firme y ponderado, y juicios no napoleónicos. Un estilo donde no se notara el estilo. Menor inevitabilidad en el abuso del fragmento o la dislocación, menor estrategia expositiva tipo mosaico. Y menos citas (solo una: Emerson: “No cites. Di lo que piensas”) Me gustaría no tener técnica de liquidación y venta a saldo. Quitar a mi sistema croquis y recetas. Y pedir a los Reyes Magos estos seis regalos:

  1. Evocar entre amigos el alma del Abate Mugnier
  2. La Trasera de la cátedra episcopal románica de la catedral de Gerona, esculpida en el siglo XIV
  3. Tener en mi salón un retrato de Madrazo
  4. Bañarme en la ruina de las termas de villa Adriana
  5. Convertirme en experto mundial de baobabs
  6. Que nunca vea maquillado el cadáver de mi madre

***

Ya que critiqué mi estilo apocalíptico achaparrado permítanme contra-argumentar, acaso con razones cogidas por los pelos, una justificación o licencia poética para mi mundo obsesivo. Soy un escritor INGENUO, y con notas tardo-adolescentes. Sobre mí, sobre la naturaleza humana, sobre el fin del mundo, sobre mis paranoias, escribo con la misma ingenuidad como si describiera una botella de leche o una regadera de latón. Corot pedía cada día a Dios volverse un niño (“qu´il me rende enfant”) Diderot aseguraba que la INGENUIDAD es esencial para la originalidad y producción de las bellas artes. Baudeliare no pensaba distinto. Es un tostón y una molestia mi monomanía.

Los niños no soportamos que nos cambian nada al contarnos cada noche el cuento.

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