Diario de un esquizofrénico XIX

(LIBRO DE COSAS III)

La bibliofilia francesa fue, como otras tantas modas francesas del siglo XVIII, copiada en los medios reales y aristocráticos de Europa entera. Aunque en ningún otro lugar alcanzasen tanto esplendor como en Francia, las costumbres de la corte del rey Sol y sus sucesores fueron imitadas más o menos conscientemente.

Incluso la nobleza inglesa, que se agrupaba en la corte de Jorge I, se encontraba fuertemente influida por las modas francesas; entre sus miembros se encontraban muchos bibliófilos y, como en Francia, la actividad de los coleccionistas particulares tuvo gran importancia para el establecimiento de las bibliotecas públicas. En Inglaterra, sin embargo, se producía la particular circunstancia de que la biblioteca particular del rey no llegó a convertirse, como en otros países, en la biblioteca nacional del país; esta fue creada cuando el parlamento acordó en 1753 la adquisición de la colección de manuscritos y de libros que el médico John Sloane había dejado a su muerte. A ésta se unieron dos importantes colecciones, la de Robert Bruce Cotton y la de Edward Harley, y con ello se puso la base del mundialmente célebre British Museum; pocos años más tarde cedió Jorge II la biblioteca de Palacio, a la que correspondía el privilegio de recibir ejemplares de todos los libros ingleses.

El citado Harley, conde de Oxford, heredó de su padre una extraordinaria colección de libros y manuscritos, aumentada por él en tal medida que a su muerte constaba de 7600 manuscritos, 40000 cartas y documentos, 50000 libros impresos, además de 400000 folletos y varios –un digno paralelo de la colección de La Vallière en París” Svend Dhal

Al bibliófilo no le asustan ni Internet ni los CD ni los e-books. En Internet encuentra ya los catálogos anticuarios; en CD esas obras que difícilmente podría tener en su casa, como los 221 volúmenes infolio de la Patrología Latina de Migne; en un e-book estaría muy dispuesto a llevarse por el mundo bibliografías y catálogos, disponiendo así de un repertorio precioso siempre consigo, sobre todo cuando visita una feria de libros antiguos. Para todo lo demás confía en que, aunque desaparecieran los libros, su colección sencillamente redoblaría, pero ¡qué digo!, decuplicaría su valor. Por tanto, pereat mundus!

Qué hermoso un libro, que ha sido pensado para ser tomado en la mano, en la cama o una barca, también allá donde no hay enchufes eléctricos, también donde y cuando todas las baterías se han descargado; qué hermoso un libro que soporta anotaciones y esquinas dobladas, que puede dejarse caer al suelo o abandonado y abierto sobre nuestro pecho o rodillas cuando nos acomete el sueño; un libro que cabe en un bolsillo, que se estropea, que registra la intensidad, la asiduidad o la regularidad de nuestras lecturas, que nos recuerda, si se presenta demasiado fresco o intonso, que todavía no lo hemos leído…

Es tarea del bibliófilo, más allá de la satisfacción personal de un deseo privado, testimoniar el pasado y el porvenir del libro. Recuerdo el primer Salón del Libro de Turín, cuando le reservaron todo un largo pasillo al libro antiguo. Visitaban la exposición chicos de los colegios, y los vi pegados a las vitrinas para descubrir por primera vez qué era un verdadero libro, un libro con todos sus atributos en el lugar adecuado. Me recordaron al bárbaro de Borges, cuando por vez primera ve esa obra maestra del arte humano que es una ciudad. Aquel cayó de rodillas ante Rávena y se convirtió en un romano. Me conformaría con que los chicos de Turín se llevaran a casa por lo menos una emoción, acaso una carcoma benéfica” U. Eco

“Turing. A. M. Computing machinery and intelligence. Mind Review, Vol. 59. N 236. 1950. Separata de 300 ejemplares numerados en la contracubierta del importante artículo de Turing que fue traducido al español –y a otros idiomas- como “¿Puede pensar una máquina?””

“Cinquarbres, Jean (1514-1587) De re Grammatica hebraeorum opus, in gratiam studiosorum linguae sanctae methodo quam facilima conscriptum. Parigi, Jacques Bogard, 1546. Testo in latino e in ebraico; caratteri rotondi, corsivi ed ebraici. Esemplare in buono stato di conservazione, alcune carte uniformemente brunite”

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