Diario de un esquizofrénico XVIII

(LIBRO DE COSAS II)

Otro sí, mandamos que de aquí adelante, ningún librero, ni mercader de libros ni otra persona alguna, sea osado traer a estas partes, Biblias o testamentos nuevos de las susodichas impresiones depravadas o de otras que contengan algunos errores, aunque los traigan borrados en la forma que ahora se mandan borrar los errores de la Biblia y testamentos nuevos que al presente hay en estas partes, so las penas en esta nuestra carta contenidas” Francisco Fernández del Castillo

A los amigos, los días de rastros y encantes, o se los cita para después de faenar, o se les ignora si los vemos aproximarse, salvo que hayan venido con nosotros, eso sí, antes de rayar el alba.

En esto del rastreo de los libros uno es más que nunca corazón solitario, y tiene que estar en guardia, y por entero, pendiente de las emboscadas y regateos de las suertes. Nada tendría que alterar, al menos en mi sistema psíquico, ese auténtico monólogo interior que uno sostiene mientras un libro te lleva a otro y a otro, y de ahí a menudo al precipicio” J.C. Cataño

Entre los pedidos por Internet de hoy se cuenta uno de los libros más aburridos con los que me topado en mucho tiempo: British Transport Film Library Catalogue since 1966 [Catálogo de películas sobre el trasporte público desde 1966] En sus páginas se incluyen títulos tan apasionantes como AC electric locomotive drivers procedures [Manual del maquinista de locomotoras eléctricas por corriente alterna], Service for Southend [Con servicio a Southend] y Snowdrift at Bleath Gill [Acumulaciones de nieve en Bleath Gill] Pese al sentir general de que los libros sobre trenes son extremadamente aburridos, se encuentran entre los más vendidos en mi tienda. Sus compradores son siempre hombres y la mayoría luce barba. Suelen ser clientes de lo más afables, quizá por el alborozo que sienten al descubrir el tamaño de la sección de libros sobre trenes, que comprende unos mil títulos” S. Bythell

Montaigne se escapó del modelo de los lectores del Renacimiento. Sus gestos se oponían término por término al de los lectores eruditos: al leer, no llevaba ningún cuaderno de tópicos, negándose a copiar y compilar; no anotaba los libros que leía para localizar extractos y citas, sino que en la propia obra hacía figurar un juicio de conjunto; y además no utilizó, para redactar sus Essais, repertorio de tópicos, sino que compuso libremente, sin enredarse en recuerdos de lectura y sin interrumpir el encadenamiento de sus pensamientos con referencias librescas. No leyó nunca de noche, ni sentado; leyó sin método, y su biblioteca, lejos de ser aquel recurso abierto y movilizador que era toda gran biblioteca humanista, constituía un lugar privilegiado de retiro lejos del mundanal ruido” R. Chartier

De entre los ilustres ladrones de libros españoles destaca Don Bartolomé José Gallardo, a quien debemos (a su figura y no a su pluma) el término de “bibliopirata”, pues aunque antes yo lo pintara con garfio y loro a la espalda, la voz “bibliopirata” fue usada por primera vez en un soneto que le dedicó Estébanez Calderón a Gallardo y que nos sirve para definir al personaje:

Caco, cuco faquín, bibliopirata,

Tenaza de los libros, chuzo, púa,

De papeles, aparte la ganzúa,

Hurón, carcoma, polilleja, rata;

Uñilargo garduño, garrapata

Para sacar los libros, cabría, grúa,

Ángel de bibliotecas, gran falúa

Armada en corso, haciendo cala y cata.

Empapas un archivo en la bragueta,

Un Simancas te cabe en el bolsillo,

Te pones por corbata una maleta;

Juegas del dos, del cinco por tresillo,

Y al fin beberás, como una sopa

Llena de libros, África y Europa” M. Albero

Abro la danza de los locos, porque todo a mi alrededor acumulo libros que no entiendo y jamás leo” S. Brandt

La incultura puede ser para los libros no menos letal que los diversos fundamentalismos. Como escribe Sánchez Mariana: “Si los destrozos de las guerras han sido brutales, no menos destructiva ha sido la acción de la incuria y el abandono, cuando no la barbarie consciente, reflejada en las abundantes mutilaciones que han padecido estos códices en sus iluminaciones, de modo sistemático, quizá entre 1745 y 1870”.

En el siglo XIV Ricardo de Bury se quejaba de que los estudiantes maleducados causaban diversos perjuicios a los libros: mancharlos con mocos, restos de comida y bebida, manipulación con las manos sucias, glosas impertinentes, etc. Hoy hemos ganado en higiene, pero los estudiantes españoles, víctimas –como sus profesores y la sociedad- del gigantesco fraude demagógico de la LOGSE, la Eso y lo de más allá, siguen maltratando y destruyendo libros con tanto éxito como sus colegas medievales.

Barbazán cuenta que en Pastrana apareció una biblioteca emparedada de la que el alcalde-confitero sacaba hojas de cantorales manuscritos en pergamino y las utilizaba como suelo para cocer los bizcochos. En cierto pueblo conquense los dos mil ejemplares de una biblioteca estaban faltos de principio y final, pues habían usado esas hojas como papel higiénico. En los años ochenta del siglo XX, un cura de pueblo de otra provincia asaba los chorizos envueltos en hojas de manuscrito, porque decía que eso le daba un sabor especial…” F. Mendoza

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