
En España es mayor el número de móviles que de españoles. De media se usan estos aparatos cerca de cuatro horas al día. El español promedio no tiene ganas ni tiempo ni concentración para pensar. O no piensa o no piensa bien. Miran su telefonino unas noventa y seis veces al día (fijan, por tanto, su atención en el móvil cada diez minutos)
¡Adiós España! Tierra inculta, ingrata, entre todas espuria y mezquina e ignorante, madrasta inmunda, país de señoritos y siervos, alelados influencers, caterva de putañeros, torerillos amanerados y montón de moscas, de tricornios charolados, flamencos risibles, tomatinas, lugar del general chisme, la corrala y la infidencia, de políticos gravosamente incompetentes, de casullas del canallesco clero, adiós España, pueblo analfabeto que esto lo soportas.
Cuando un español toma como oficio hablar, cualquier cosa puede suceder. La naturaleza de viejo simio en cada español brota franca e insistente. Y en la cantina comunal se oye: «¡Nada bien! ¡Nada mal! ¡Mañana hay fútbol!»
«En los salones -por definición literarios-, las mujeres participan en la vida del ocio ingenioso. Algunas de ellas se ganarán el insulto de «preciosas». La dama de salón (la donna di palazzo de Baldassare di Castiglione) está en él no a título de esposa, de madre o de ama de casa, sino solo a título de mujer de mérito e inteligencia, en un plano de igualdad, incluso en una superioridad ficticia, pero galantemente reconocida, con respecto a los hombres. Bella, agradable, es el ornato el imán, ingeniosa, es el estimulante de la conversación que hace cooperar a la buena compañía. Esta libertad en el ocio (que hace envidiable la condición de viuda) es relativamente fácil para las mujeres de la alta nobleza, que conservan en el matrimonio el prestigio personal que deben a su nacimiento y su gentilicio» Marc Fumaroli, La República de las Letras. Esta refinada sociabilidad del ocio literario, empero, no se admitía en los círculos científicos y clericales. Por otra parte en los círculos burgueses el poder marital y paternal las reducía a un ámbito doméstico. Casi, mutatis mutandi, como ahora. La mujer española es, a diferencia de las salonnières, caballuna, bigotuda y amiga de piercings y tatuajes. ¡Adiós España!
«Mundus vult decipi, ergo decipiatur» Petronio. La gente desea ser engañada, pues engañémosla.
Estuve escuchando los 40 principales, dial abrumadoramente seguido por los jóvenes hispanos. Melodías rústicas resueltas en un fraseo rutinario y adaptable a cualquier contexto, letras de sentimentalidad kitch sonrojante, música que no permite sino evita el conocimiento moral y el incremento emocional, música rítmica coribántica de flujo y reflujo caótico y sin dirección. Una estética que en lugar de elaboradas líneas de imaginación se conforma con previsibles y bobos o estériles tópicos de la fantasía, un ruido repetitivo cuyas monótonas texturas armónicas y rítmicas simpatizan con lo que ahora parece ser el murmullo agramatical de la especie y acallan los susurros de la elevación y la nobleza. La música educa si se hila a la trascendencia y la majestuosidad, a cierta pertenencia comunitaria en lo más selecto y filtrado como excelente por la tradición. El reguetón y el pop son los símbolos de una civilización nutrida en el vientre de alquiler de la desmemoria y lo fácil, de lo instantáneo sin poso ni pasado. ¡Adiós España!
«Inimicus homo hoc fecit» (Mat, XIII, 28) es el cerebro de mis compatriotas.
Jack London, en The Iron Heel (1907), previó las ruinas del capitalismo y, alegóricamente, de nuestra nación.
«Lo abyecto de su servidumbre no es incomprensible. En las palabras había una magia superior a la del arte de los conjuros. Sus mentes estaban tan ofuscadas y eran tan caóticas, que la expresión de una sola palabra podía negar las generalizaciones de toda una vida de investigación y pensamiento serios. Extensas poblaciones se volvían frenéticas por frases tales como «un verdadero dólar» y «un cubo lleno de comida». El acuñamiento de tales expresiones se consideraba un rasgo de genio»
A pesar de todo, lo que hay aquí es tontería y aburrimiento. En palabras de Walter Bessant:
«La verdad es que en esa ciudad vasta y superpoblada, el hombre es una rémora -algo superfluo- y creo que muchos mujeres y hombres se mueren del aplastante sentimiento que les produce su propia insignificancia; en otras palabras, a partir del hábito de sentir que no son nada, se convierten en nada…La raza ha crecido en poder y soledad; temo que ha perdido su atractivo».
¡¡ADIÓS ESPAÑA!!
