Diario de una soledad 7

Un verso del Regimen sanitatis Salernitanum, del siglo XIII, dice así: «Hi vigilant studiis, nec mens est dedita somno», es decir, «[los hombres de estudio] pasan la noche estudiando, y su mente no se abandona al sueño».

No hay mayor melancolía imaginativa, ni menor castigo, que aquella del hombre fatigando volúmenes. Un estudioso, en la acedía de este tiempo ignaro, ante la hipnosis bárbara de las pantallas, puede con orgullo decirse a sí mismo, si estudió y pensó en lo que estudiaba: «No envilecí ni malbaraté ni malgasté mi vida».

Escribo esto notando la brillante Luna entre las brumas del río. Extraviado entre las flores, me recuesto en una roca o «penedo». Qué cansado estoy de frases que no se posan elegantemente sobre el suelo y caminan con pie seguro. Necesito un lenguaje inocente y elemental como el que usan los niños. Mi barroquismo es una franja pavimentada junto al abismo. Respirar paz en lo que escribo; eso deseo. Frente a la propensión numerosa -vana y palabrera- del español, concisión y parquedad. Una idea por palabra, no cien palabras para una idea. Una lengua lúcida y lógica, algebraica, geométrica. Qué desvarío explayarse en cientos de páginas para algo que podría perfectamente exponerse en tres o cuatro párrafos. La lengua española es tropical, ininterrumpida, a diferencia del clasicismo francés y el perfecto (ideal molde al pensamiento) inglés.

Se alzan cortinas de hermosas perlas. Llueve y truena. Recordémoslo. Siempre: «El estudioso pasa la noche estudiando y no se abandona al sueño». Linajuda vida. Potro fino, hermoso y elegante, y quimera atlética. Resplandor complacido, alto. Brújula o faro para el feliz camino. Algo como no envilecer ni tirar por la borda tu vida.

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