Para Isabel García Lado y Lola

El fin de la soledad es hacerse un alma.
Un alma que relinche en el páramo,
con ritmo planetario para medir la Luna.
Toda persona se compone de tres sustancias:
matemáticas, material concupiscible
y una tornadiza razón. La soledad (portento arduo)
contradice pasiones como trapos, se viste con traje
de etiqueta al usar la razón, resuena (pasadizos de un
castillo gótico) con tacones rojos en la galería
matemática. La soledad (excelencia rara) es una
limusina atravesando un campo nevado,
se encarama a la horqueta de un árbol,
brilla suave lo mismo que un libro de noche
o un ramo de peonías o la bóveda estrellada.
Los solitarios besamos a actrices californianas en la
enjabelgada terraza de las Tierras del Amanecer.
La multitud es crema mohosa, una rata en la tráquea.
En esta Era de la Televisión Musical y el polvoriento
artesonado resquebrajado de la tecnología, recuerdo
que la soledad hará tu alma -y una frase de Séneca:
“Nunca seas un obstáculo para ti mismo”.
***
Administrativos de banco sin corbata,
catedráticos mascando chicle en el aula,
espectadores escupiendo pipas en la ópera,
obispos leyendo tebeos y gacetillas chismosas,
y ponerse a escribir en chándal y leggings floreados.
La tosca muchedumbre habla una lengua que desconozco.
Yo me abismo en viejos grimorios y dorados delfinarios,
vivo dentro de las nubes, en la pulpa de una pechina,
me amisto con olivos sagrados y lentos puertos.
Ahora hay un plumaje de sucio légamo en las calles,
sueños tabernarios en oscuras nieblas que trae el diablo;
nadie es bendecido por la serenidad.
El futuro como un país lleno de monstruos.
El bosque. Junto a mi perrita camino sosegado. Hallo la cabaña.
¿Al fin –noche honda- me he adormecido?
