
Ni un interlocutor. Qué sombría y funesta mi soledad intelectual. Nadie con quien compartir un pensamiento mortal inteligente o una referencia de la alta cultura. Todos como envainados en el idiotismo más lacerante. Tiempos de lobreguez y melancolía. No habrá pues mejor pórtico que empezar estas notas con mi amigo y maestro Homero: «Entonces», dijo, «si quieres terminar tu viaje y regresar rápidamente a casa, debes ofrecer sacrificios a Júpiter y al resto de los dioses antes de embarcarte; porque está decretado que no volverás con tus amigos, y a tu propia casa, hasta que hayas regresado a la corriente de Egipto alimentada por el cielo y hayas ofrecido santas hecatombes a los dioses inmortales que reinan en el cielo.”, Homero, Odisea.
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Se promueven efectos sentimentales pobretones y roñosos y dirigidos al consumo masivo. La cultura se convirtió en la compra-venta de souvenirs baratos. La estatua griega reducida al tamaño de una chuchería, o un auténtico Rembrandt colgado en el ascensor de la casa de un millonario, muestran dos extremos: el del arte auténtico reducido a significar riqueza y el patente no arte vestido de prestigio estético. Todo tan grandemente falso como el “plash, plof, pum” de un elefante al caer en un charco de barro y tan redondo y siliconado como los pechos de una belleza bañándose en las postales turísticas alemanas. LA BELLEZA NO PUEDE ESTAR DISTRIBUIDA SOCIALMENTE, aunque la idea sea hoy impopular, como los muebles de Ikea. PERO LA FEALDAD NO PUEDE OCUPAR TANTO ESPACIO EN EL UNIVERSO, como en esta época, pues el coeficiente de alegría y gozo roza entonces lo infinitesimal.
Alexis Tocqueville es el primer historiador que analiza los efectos de la democracia moderna sobre las artes y el espíritu. En las democracias, según Tocqueville, la gente no cree que los placeres de la mente constituyan el encanto principal de sus vidas, pero se consideran recreos necesarios y transitorios entre las serias labores cotidianas. Escribió también: “temo mucho menos a la audacia que a la mediocridad de los deseos. Lejos de creer, pues, que deba recomendarse humildad a nuestros contemporáneos, quisiera que se engrandeciese la idea que se hacen de sí mismos y de su especie: lo que más necesitan, a mi juicio, es orgullo”. Se le helaría la sangre si viera la fisionomía anónima, rebajada y común, si viera la oclocracia de inmundicia y cochambre en que chapoteamos.
Umberto Eco define mal gusto, en arte, como “prefabricación e imposición del efecto”. Se observa mucho en los pastiches tan a la moda. Un ejemplo de prosa kitsch:
“Susurra a lo lejos el mar y en el silencio encantado el viento mueve suavemente las rígidas hojas. Una túnica opaca de seda, recamada de blanco marfil y oro, se agita sobre su cuerpo y permite dejar al descubierto su suave cuello sinuoso, sobre el que reposan unas trenzas color fuego. No había aún penetrado la luz en la solitaria estancia de Brunilda, las palmeras se alzaban como sombras oscuras y fantasmales sobre los delicados jarrones de porcelana china: en el centro blanqueaban los cuerpos marmóreos de las estatuas antiguas, como fantasmas, y sobre las paredes se entreveían apenas los cuadros, en sus anchos marcos de oro de apagados reflejos. Brunilda estaba sentada ante el piano y recorría con sus ágiles manos el teclado, sumergida en un dulce ensueño. Surgía del instrumento un mortecino largo, como surge el velo de humo de las cenizas incandescentes y revolotea en extraños giros, alejándose de la llama. Lentamente, la melodía ascendía, estallaba en potentes acordes, volvía a sí misma con voces infantiles, suplicantes, encantadas, increíblemente suaves, con coros de ángeles, y susurraba sobre bosques nocturnos y quebradas solitarias, amplia, apasionada, bajo las estrellas, en torno a cementerios campestres abandonados. Se abren prados claros, las primaveras juegan con figuras legendarias, y ante los otoños está sentada una anciana, una mujer perversa, en torno a la cual van cayendo las hojas. Llegará el invierno, grandes ángeles deslumbrantes, que no hollarán la nieve, altos como el cielo, se inclinarán sobre los pastores, y cantarán con ellos la gloria del fabuloso niño de Belén”.
Así escriben los avulgarados, los mercachifles escritores de retrete y figuritas de Lladró, su bastarda irrelevancia de colegio de monjas.
El kitsch es la expresión típica de los middle-brows, provistos de dinero, de una casa, de un apartamento, y de seguridad suficiente respecto al futuro, y, sin embargo, desprovistos de educación y del gusto necesario para proveerse del alto gusto estético e intelectual. Les gusta la ropa de Bimba y Lola y las novelas de Espido Freire, pero carecen de instrumentos cognoscitivos para desentrañar a Spinoza, Carnap, Wittgenstein, Dante u Homero. Se procuran entonces con el dinero, el subrogado de lo estético y de la mente, y con esto decoran sus casas, sus vidas y sus sueños.
El romanticismo ordinario de Hollywood sustituye a Princeton o a la British Libray, Love Story a Renoir. Me aterra que ciertos círculos intelectuales, cansados de la vanguardia, se atengan a un cierto fenómeno: la lenta desaparición del kitsch a cambio del llamado cult. Así Casablanca o The Crown son vistas como obras maestras, y Matrix y las sillas de Breuer entran en los museos. El capitán Renault con su quepis y todos los demás cantando la Marsellesa ya se supone equivalen a Bruckner y Velázquez.
Escucho los grilletes forjados por el pensamiento novísimo. Las plagas por las calles de carrozas fúnebres. Observo en cada cara que evalúa y juzga y discrimina, signos de debilidad, señales de congoja, pasmos de ininteligibilidad. Hasta el empalago y el derramamiento de alguna lágrima veo a los filósofos llorando ante los culebrones, hasta la consunción y el éxtasis veo a los escritores y poetas no separar sus ojos de las revistas de cotilleos y el telefonino.
