
RUMOR DE ROSA
Llueve porfiadamente. En la mesilla, a la
izquierda del flexo, cigarrillos, el vodka
con naranja, lápices, y magníficas ediciones
de las cartas de Wittgenstein a Engelmann,
el “Séneca” de Pierre Grimal, y las “Cartas a su hijo”
de Lord Cherterfield. Reino de Oriente de Oro.
Soledad de gato en un valle lleno de príncipes.
Entre las infinitas páginas del Universo,
de mí solo quedará como un menudo rumor
de rosa. Es suficiente. Pues mi mente fue sui iuris
y a veces hice también compañía a los astros. Y,
pese al espejo fugitivo que reflejó la innoble
pesadumbre del rodar de los días, todo (de veras)
valió la pena. La claridad se oscurece. Sereno, espero
a la muerte. Atisbé momentos de gracia. Lo dicho:
rumor de rosa en el silencio último del mar.
