
Tiempos de extrema mediocridad abrasiva. España, Europa y Occidente se convirtieron en un montaraz y agreste muladar. Hoscos, severos, inexorables, adustos futboleros y tauromáquicos. El paisaje está velado por la calina analfabeta que se levanta del suelo; todo se ve confuso y borroso, los colores apenas brillan. Mediocridad ácida en el cogollo, desde la cuna a la sepultura. Los indígenas ágrafos beben chupitos de licor café y serpentea la lánguida ínsula de acémilas recorriendo las Españas. Tiempos de extrema mediocridad lacerante, peor que el aguarrás.
Impotentes en la carne y esclavos en el espíritu. Vivo rodeado de ordinariez hasta en la retaguardia. La gente no me parece personas, sino máscaras grotescas. No los odio, pero me dan asco. Maniobreros retorcidos, quídams que sorben los pies del Poder por cuatro perras, canallescos, candelejones, gambados, chupenáguers de zapatería y tasca. Ignorantes y brutos en grado superlativo. Chorlitos con cilicios en el pito.
Me queda la primera hora de la tarde donde resbalan nubes blancas, el xai negre esbrotonant delicadament l´herba, las niñas en el campo verde con vestiditos amarillos, el oro del poniente, el mundo transfigurado en mi aldea de verduras. La noche serena y maquillada. La túnica fría del viento.
Pero cansan demasiadas verduras. Uno desearía a algún humano oír declamar las ochenta y un exquisitas octavas reales de la Ninfa Tiberina, melosa confitura como la orfebrería de Benvenuto. Esos arabescos en enmarañados paréntesis y que repiquetean como campanadas de iglesia. Este emborronado manuscrito es solo un pretexto o coartada a mi soledad. Deseo seres cultos e inteligentes a mi alrededor y no bacterias beodas. Pero en la ciudad calles repletas de gente con la cabeza vacía, ruidos, anuncios y colorines, películas de superhéroes y teatro subvencionado del más chato costumbrismo. Pisitos como celdas de abeja, todo rodeado de histéricos, de botelloneros, de estruendo y propaganda, y supliendo la deficiente alimentación con pollos de granja y comida enlatada. Se ha perdido la buena conversación, así como la buena gastronomía. Incluso las personas distinguidas, debido al bárbaro especialismo, tienen fallas culturales de órdago. Los espectadores del siglo XXI son incapaces de comprender la sonrisa de Celimène, y eso que Molière no era especialmente complicado.
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¿De qué tratan los conversaciones o lenguajes? Hay un L0 que versa sobre confidencias o intimidades. Hoy se convirtieron (las de los llamados “famosos”) en escabrosos temas del espectáculo público. Hay un L1 que trata las nimiedades y bagatelas (tal cuestión deportiva, sobre tal programa de televisión o tal dicho de esperpéntico “influencer”, sobre los giros de trama de tal serie o culebrón ETC…) Hay también un L2 que es la cortina de humo, el desvío de atención a los verdaderos problemas y al verdadero lenguaje humano (y aquí se incluye el cambio climático o el trasteo político o el ecologismo o las crisis económica o el animalismo o el feminismo o el post-humanismo o el terrorismo o la súbita robotización y automatización ETC…) Estos tópicos se hablan y analizan todos con técnicas y modos de magazine, como papilla bien digerible para los niños. Pero existe un L3 que está velado en la contemporaneidad. Se divide en dos: el de los (i) CONOCIMIENTOS CIENTÍFICOS Y HUMANÍSTICOS, (ii) Y EL DEL PENSAMIENTO ANALÍTICO O CRÍTICO PARA ELUCIDAR LA BUENA VIDA. Ambos campos de L3 se comunican e iluminan mutuamente. Y como que L3 desapareció del escenario social hoy tenemos teorías y prácticas degradadas que pretenden sustituirlo: el coaching, el yoga, la meditación, el mindfullness, en fin, meros sucedáneos sin sustancia ni esencia, meros tapacubos.
Negamos y velamos la Cultura superior y nos volvemos patriotas del tam-tam. Un Occidente tedioso e insulso, de solo júbilo para las serpientes, mísero y ahumado, como un perro rabioso, bulevar incubatorio de espasmos de una BARBARIE punzante, fulgurante. Nos esperan días muy sombríos, allá adonde vamos.
