
Cleáridas infundió ánimos a sus hoplitas a la vez que les explicaba la estrategia a seguir, con estas palabras, según Tucídides (traducción de Antonio Guzmán):
«Conjeturo, en efecto, que los enemigos han subido a las alturas y se han desperdigado ahora despreocupadamente para observar el terreno, no solo por el desprecio que sienten hacia nosotros, sino porque creen también que nadie será capaz de salir a presentarles batalla. En cambio, es quien se percata con mayor clarividencia de estos errores del enemigo y efectúa el ataque teniendo en cuenta al mismo tiempo sus propias fuerzas (y no en campo abierto y con las tropas alineadas frente a frente, sino según la coyuntura ventajosa del momento) el que tiene mayores probabilidades de éxito«.
En fin, la cita es más larga y más jugosa. Cleáridas era un típico espartano que detestaba ser SÚBDITO de los atenienses.
A veces la servidumbre más penosa es ser lacayo o muñequito inadvertido de poderosísimos ambiciosos o ambiciosillos sin límites. Contra el «parvo«, «bebeco«, «pailán» o «badoco» de Sánchez, nada puede o sirve beber el néctar –dulci lacte– de la ubre de una vaca; solo te rodean sus mugidos grotescos.
Por último, exigiría que se grabaran a fuego estas palabras de Pericles para que se meditaran a fondo dado nuestro actual (y corrupto) contexto nacional-socialista:
«Porque a un hombre quien en lo suyo le va bien, si su patria se arruina, no en menor grado deja de perecer con ella[…] Y, sin embargo, es preciso que quienes habitan una gran ciudad y han sido educados en costumbres dignas de su grandeza quieran también afrontar las más duras pruebas y no empañar su reputación, pues los hombres consideran igualmente justo culpar a quien por molicie queda por debajo de su propia fama y odiar a quien por su audacia aspira a una que no le corresponde«.
