Libro dos desabafos 59

Con Borges: “Cuando era joven, me atraían los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas del centro y la serenidad. Ya no juego a ser Hamlet”.

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De Maistre advirtió: «También la razón está dañada por el pecado original«. Yo interpreto esa sentencia oracular como que debemos desconfiar de nuestra lógica informal pues es falible, una razón donde asoma una fauna numerosísima de falacias: A priori, Ad baculum, Ad hominem, Ad ignorantiam, Ad judicium, Ad personam, Ad verecundiam, Non causa pro causa, Petitio principii, Post hoc ergo propter hoc, y centenares más.

Recomiendo una serie de libros (fáciles) para aprender a afinar o perfeccionar nuestras argumentaciones y nuestra razón: (1) Nigel Warburton, Pensar de la A a la Z (2) Fina Pizarro, Aprender a pensar (3) Luis Vega, Si de argumentar se trata y Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica (4) Watson, Las claves de la argumentación (5) Marraud, ¿Es lógic@? (6) M. Bordes, Las trampas de Circe (7) Stuart, Irracionalidad (8) Rampin, Vender la moto, y, si no son legos del todo en matemáticas, (9) Jané y Jansana y Badesa, Elementos de lógica formal, o (10) Kleene, Introduction to Metamathematics.

Lograrán, si se ilustran, pensar con precisión. Si leen además novelas, expresarse con elegancia. Si tienen encima alma de poeta, con tensión e incandescencia para enfatizar un solo punto de vista o propiedad de la realidad.

Aristón de Quíos nos previno arguyendo que los que se sumergían en la lógica se parecían a comedores de cangrejo que por un bocado de pulpa pierden su tiempo con un montón de escamas. Pero el estudio de las formas de argumentación válida nunca es innecesario. Disputar sobre temas controvertidos y apoyar nuestros puntos de vista con razones es una actividad íntimamente placentera, pero además resulta que razonar es importante también en ciencia, en política, en los negocios, en la gestión del fútbol: es decir, en cualquier actividad donde las afirmaciones deban persuadir por venir bien argumentadas. En Tópicos, 100 a 25, Aristóteles dice: “Un razonamiento es una argumentación en la que, dando por supuestas ciertas cosas, se llega necesariamente a otras distintas a ellas a través de dicho razonamiento”. Entre las muchas cosas que hacemos constantemente están las de inferir y argumentar. La lógica sirve para limpiar de defectos esas inferencias.

Yo omito deducciones e inducciones, y, a la busca de la literatura, sustituyo la lógica por el gesto, el desplante, el exabrupto, el insulto, la emoción. Conscientemente deshecho en mis libros el análisis y la sensibilidad lógica. Soy un esteta (a veces chusco, a veces macabro) y no un ser razonador.

La Lógica envuelta de Retórica es el objetivo de la buena educación, algo para convertirse en aquello que en inglés llaman «well-educated» ¿Y qué otro objetivo mejor en la vida que evitar tener un burdo diccionario mental de 400 o 500 palabras, y con ese irrisorio y exiguo catálogo pretender conocerte en excursiones introspectivas? ¿Y qué mejor que el refugio íntimo de la soledad atareada y culta para analizar, examinar e inferir?

No se envidia hoy al que tiene miles y miles de palabras para describir y deducir, al que habla con propiedad y estéticamente, sino los coches caros deportivos, los chalets de lujo, la fama del futbolista, o el gadget tecnológico a la última moda. La conciencia se ha mineralizado y desprestigiado.

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Estoy enfermo y mi vida no es buena. Funeral mental, tortura de la mente que solo decrece a ratos, siento la compañía ante mí mismo como la de alguien despreciable y vulgar. Me acosan recurrentes ideas suicidas. Todas las cosas creadas están muertas. Se secan las fuentes, quedan los peces sobre el suelo. Irradia la excitación de la Santa Voluntad del Demonio.

El aire parece espeso, como si fuera un pan mojado y esponjoso. Mi mente se entumece. Un crujido de puñal en las vértebras me atraviesa. Te tocan el labio y el aliento del diablo. Odio a Dios con todo el corazón. La mente abatida dentro de truenos y oscuridad repentina.

Estoy enfermo. Mi vida es mala.

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Si un mecenas desea financiarme, propongo una ménagerie contigua al jardín de mi pazo donde enjaular osos, buitres negros, feministas, políticos socialistas, exhibir criaturas exóticas o bien patéticas como un yak tibetano, un caimán del Misisipi, leones africanos, Ábalos, Irenes Monteros, y otras especies salvajes que merecen conservarse en un parque zoológico.

Si VOX decide quitar las nieves de las carreteras en invierno, y nombrar patrón de España al archiduque Leopoldo, tienen seguro mi voto.

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El arte de la soledad consiste en no pensar que estás solo sin arte ninguno. Ben Zomá dijo: «¿Quién es sabio? Aquel que aprende de toda persona, pues fue dicho: De todos los que me enseñaron obtuve sabiduría; pues Tus testimonios son mi conversación«. A veces creo esta observación, u optimista o exagerada.

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LA LÓGICA Y SU FILOSOFÍA

La casa está sin nadie

estos días de invierno.

Yo soy Nadie.

Quisquilloso al ver las incorregibles

imperfecciones: ni fidedignas

ni seguras mis conclusiones

lógicas. Las ideas, en el proceso

que son conducidas adentro,

son picadas por moscas y ratas.

Cucarachas roen el hierro.

Manchas de moho no disipan

las tinieblas. No alumbro: solo hay

estas luces rotas en días partidos.

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