
Todos los libros del infumable Coelho saben a intragable papilla de garbanzos, a croquetas de piedra, a putrefacto -con capas de verdín- yogur caducado.
Hay ciertos individuos que cuando hablan de la felicidad o del sentido de la vida parecen regurgitar como desde una hamaca de una colonia de vacaciones, embobando a adolescentes inarticulados y mal nutridos, o a gentes que no conocen bien el idioma que escuchan. Tal el ínclito Coelho.
Coelho el galliperas, el paticorto abollado, el gallofero, tronchacabras, murcio, florainero, zurcefrenillos, mangurrián, el chupatintas con flatulencias en el muelle cerebral. Su filosofía es un misticoide brebaje de quiropráctico espiritual de autoayuda distribuido en vacías y solemnes sandeces enlatadas.
Es un gurú o masajista anímico que cualquier intelecto mediano y honrado no puede menos que tomarse a chufla. Jamás confiere una intimidad verdadera con el universo de la significación. El fuego de la vida, la corola de las ideas, el pistilo de la sintaxis, son una pavesa reseca y sin fulgor en sus torpes manos.
Es un don nadie, un don nadie nadie en el peor y menos laxo sentido de la palabra.
Su carácter es aleatorio y su prosa respira rebuznos o grumos o vislumbres de pitonisa nocturna gagá. La bruja Lola de la literatura. Su máximo regalo es un cucurucho de churros donde uno se pringa con las manchas de grasa.
Es infiel a sus muy escasas virtudes y muy fiel -casi todo una poética- en cambio a sus innumerables defectos. Propio de la alucinación industrial y analfabeta coetánea, y del pobre sentido del mundo y el propósito de la gente. El éxito del vendedor de crecepelo del Oeste.
En resumen, Coelho como símbolo de la bajeza del trazo arbitrario, del faquir sedicioso y embustero, y de la farfolla del éxito multitudinario.
Si a usted lector le atrae Coelho y le deja frío, digamos, Proust o Montaigne (o sus pares), el problema obviamente no es de Montaigne o Proust, sino suyo.
El orbe decae con la opinión sin gusto, con el dislate del emborronador de cuartillas borracho, o con el desmedido afán de alfalfa. Aut Caesar aut nihil, o lectura patricia o nada.
Parece que disgustan las delicatessen -ostras de Arcade laminadas de aceitunas negras y tomatitos de invierno- en la Era Universal del BigMac.
