
Debo hacer incómodas e impúdicas confesiones. Vivo de una manera pautada y muy aislada. Me levanto pronto, duermo poco, escribo y leo. Fatigo feliz mi biblioteca. Mis relaciones sociales no es que sean deficitarias, sino que son francamente nulas. Vivo en una minúscula aldea orensana de la profunda Galicia. A veces paso hasta un mes entero (o más) sin hablar con nadie. Me agrada esta compacta soledad. Leo, escribo, y pienso en lo que leo, paseo por los bosques con mi perra. Mi vida es humilde, sin ambiciones, honesta y soltera, baja y alta.
Pero desde hace dos o tres años, debido a una enfermedad mental tardía y a la cerrada soledad, de repente me dan como unos brotes de alteraciones perceptivas visuales y sonoras, delirios y alucinaciones.
Durante esos accesos percibo el color y la luz con otras tonalidades, me fascinan sus marcas de superficie en los detalles de los objetos, me fascinan clases de pequeños colores como recubriendo los objetos, que parecen, entonces, o más planos o más ovoides o más luminiscentes de lo que en realidad son, parece como si advirtiera el alma luminosa de las cosas, su pneuma eléctrico, sus moléculas ingrávidas girando en otras frecuencias. Todo presenta una apariencia como de seres animados y gnósticamente granulados. A veces hasta se superponen a esas imaginaciones como unas extrañas figuras geométricas en forma de prismas y rectángulos. Son un registro de experiencias sensoriales alucinatorias que me permiten pensar con lógica, no se adhieren a ellas notas emocionales de angustia ni pánico, advienen con certeza matemática, no afectan a mi sistema de creencias, incluso su aguzada y agudizado despliegue me producen una calma naturalidad, una estoica serenidad. Es todo como una mística naturalista -prefiero ese idiolecto a llamarlo penosa alucinación psicótica.
De vez en vez esas experiencias me asustan mucho pues tienen como paralelo ciertas visiones de serpientes reptantes o de lagartos mutantes con la cara como de un murciélago. También oigo voces que me insultan e imprecan, libros de mi biblioteca que caen o noto (ilusioramente) la presencia de intrusos en la casa u oigo el rasgar de una uña en mi puerta o el tamborileo de unos dedos en ella. Me acojono, pero SÉ QUE TODO ES OBRA DE MI IMAGINACIÓN. Pero ello se da, por fortuna, muy esporádicamente.
También sufro ocasionales y benignas emociones de carácter religioso donde llego al convencimiento incontrovertible, claro y distinto, de aserciones del tipo «TODO ES UNO» o «NADA ES DISTINTO A NADA», o bien vivencias de INVULNERABILIDAD y DESEO DEL TODO Y DE UNIÓN CON EL TODO, o presentimientos de INMORTALIDAD Y EMBRIAGUEZ CÓSMICA. El colorido emocional ante estos delirios es de una exquisita belleza y felicidad.
Nota bene: Nunca tomé ni tomo drogas.
