Tu quoque 4

El arcoíris no es un lujo de la vista, sino un ejercicio para el alma. Después de la tormenta, cuando el bosque aún gotea y las colinas huelen a tierra mojada, surge ese puente irreal. Y uno comprende que la naturaleza tiene infinitos modos de recordar al hombre que lo bello no está reñido con lo efímero. No podemos tocarlo, ni guardarlo, ni alterar su estructura. Lo vemos y desaparece. Como los sueños, el arcoíris existe solo mientras lo miramos.



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