El arcoíris no es un lujo de la vista, sino un ejercicio para el alma. Después de la tormenta, cuando el bosque aún gotea y las colinas huelen a tierra mojada, surge ese puente irreal. Y uno comprende que la naturaleza tiene infinitos modos de recordar al hombre que lo bello no está reñido con lo efímero. No podemos tocarlo, ni guardarlo, ni alterar su estructura. Lo vemos y desaparece. Como los sueños, el arcoíris existe solo mientras lo miramos.
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Ver todas las entradas de christiansanz71