Tu quoque 5

Estar leyendo, la mejor especie de felicidad. Mi rostro se ilumina o se ensombrece según avanzan las frases. La lectura, en ese instante, parece una corriente eléctrica silenciosa, unas agradables parestesias, que atraviesan y adormecen el cuerpo hacia partes de un significado mayor.

En mi manera de leer hay algo hipnótico, surreal. El libro me absorbe y cruzo fantasmagóricas identidades invisibles. No me muevo, pero viajo mucho. Paso las páginas con lentitud segura, las oraciones brillan en mis ojos. Soy un niño cómplice de Jim Hawkins, y parezco no respirar. Soy ahora Sandokán, en el último refugio selvático de las páginas impresas.

Leer es un gesto cortesano, grave, alabastrino, lleno de gracia antigua. Parece que cada palabra que leas esté tocada por un soplo de eternidad, y que, al acabar el libro, sonará el más bello rumor de seda en el silencio.

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