
Hasta un corazón de piedra como el mío se puede enamorar. Yo me enamoré de Martha, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, nube de las tierras nevadas. Con ella estaba en el paraíso, y, cinco segundos sin ella, en el mismísimo infierno. Si Martha sufría, o se ausentaba, o se enfadaba, el mundo entero se quebraba como un débil cristal, porque, en el amor, hemos puesto en un solo ser la completud del universo. El amor no es razonable: es un trabajo continuo de reconstrucción y pérdida, de elevación e inframundo, un ejercicio interminable de memoria y temblor.
Cuando un hombre ama, se vuelve frágil como un niño y, a la vez, fuerte como un gigante. El amor hace crecer alas, pero pone cadenas; elevación y caída -insisto- ocurren al mismo tiempo. Arde la herida luminosa. Arde el mar. Las palabras se vuelven torpes, las manos tiemblan, y el corazón late como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo.
De Martha amé sus ojos fijos, su pureza y su tormento, las líneas de su cuerpo -tronco, pechos, muslos, cara, cadera- que revelaban una proporción juvenil clásica ¡Cómo no amarla si carecía de todo lo superfluo, de cualquier feo añadido! La boca purpurina, la piel mandolina… Y la noche de verano para las caricias profundas…
Pese a mi corazón de piedra he amado. Ya sé lo que fue vivir.
