Tentativas 102

En Bowie, la teatralidad es un laboratorio del yo; en Gurruchaga, es una fiesta del yo. En Weill, el cabaret es bisturí: disecciona la sociedad para exhibir su podredumbre; en Gurruchaga, es pluma: cosquillea la superficie hasta hacerla reír. Mil veces prefiero al leidísimo Gurruchaga.

G. ocupa un lugar incómodo: demasiado teatral para la música, demasiado ligero para la alta cultura. Pero quizá ese desajuste sea, precisamente, su forma de verdad. Una verdad de una fuerza estética y popular memorable. Su verdad no es la de la profundidad que desciende, sino la de la superficie que vibra; una verdad estética y popular, ligera sólo en apariencia, que se fija en la memoria por su misma capacidad de fuga.

El cabaret, el burlesque y el kitsch de G. no buscan escandalizar, como el de entreguerras, sino trivializar lo solemne: hacer del gesto cultural un guiñol lúcido. Mi admiración por su obra es grande (además es una figura de vasta cultura)

Un animal de la escena y el gesto, más que de la linealidad musical. Si la Movida tuvo su iconografía pop, la Orquesta Mondragón aportó su dimensión escénica: un teatro ligero que se infiltraba en la música. Su mal gusto es una apuesta consciente. Música que desplaza su centro de gravedad hacia la representación. La música deja de ser el fin para convertirse en soporte; lo esencial ocurre en el cuerpo, en la voz, en el decorado.

En una cultura que venía de la gravedad impostada, G. introduce el derecho a lo frívolo, que no es solo banalidad, sino una forma retorcida, oblicua, de inteligencia crítica.

Acaso falte que se pose un poco de forma en su delirio, pues a veces la ironía lo devora todo; pero esa es su marca de estilo. Un estilista del exceso consciente, alguien que ha entendido que, cuando la crítica directa pierde eficacia, la risa —incluso la risa menor, incluso la risa kitsch— puede seguir diciendo la verdad. Nada que objetar.

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