Hoy, desde las seis de la mañana hasta ahora, vagabundeos eruditos. En concreto, «Lettres à une princesse d´Allemagne sur divers sujets de physique et de philosophie», de Euler. Un tratado científico y filosófico en forma epistolar, dirigido a la princesa Friederike Charlotte de Brandeburgo-Schwedt.
Euler no solo divulga; defiende la inteligibilidad del universo y la capacidad de la razón para penetrar en él sin renunciar a una dimensión teológica.
Las cartas C–CVIII marcan un desplazamiento claro dentro de la obra del matemático y físico alemán ; la física descriptiva cede paso a cuestiones de metafísica, psicología y teología racional. Es un tramo particularmente denso, donde deja de ser solo divulgador y se muestra como pensador sistemático.
Aquí afirma que el ser humano no puede ser explicado únicamente por la materia ni por las leyes físicas; posee un alma inmaterial, libre y cognoscente, cuyo origen y fundamento remiten a un orden divino racional.
También me demoré en «Formal Logic; or, The Calculus of Inference, Necessary and Probable» de Augustus De Morgan. Libro con una encuadernación en plena piel de cabra negra —grano finísimo, casi táctil como terciopelo seco—, que ostenta en los planos una decoración geométrica dorada que recuerda discretamente a diagramas de inferencia: líneas que se cruzan, bifurcaciones, pequeños nodos estampados a oro fino, como si la lógica hubiese querido dejar su huella en la materia misma.
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Entre una frase y otra, entre un símbolo y otro, dejo siempre un pequeño intervalo, como quien entreabre una puerta: no es descuido, es invitación. El placer de leer no está en lo que se dice, sino en ese espacio donde el lector, si es fino, completa con su propio ingenio lo que apenas ha sido sugerido.
Hay libros que se imponen; otros, más raros, se insinúan. Yo prefiero estos últimos: aquellos que no gritan, que no exhiben, que se deslizan con una ironía casi táctil, como una mano que roza sin apretar. El lector que percibe ese roce experimenta un placer distinto, más delicado: el de sentirse cómplice de una inteligencia que no se declara del todo.
Fui —sin discusión— dichoso en ese leve estremecimiento que dejan los libros cuando, más que leídos, han sido apenas rozados por la inteligencia.
