-¿Cuál es la primera obra de arte que recuerdas haber amado?
-Los yates del club náutico de Barcelona, único club al que pertenecí, pues me inscribieron solo nacer. Aquella blancura bajo el sol, el leve temblor de los cascos, apenas perceptible, que convertían el agua en un espejo nervioso.
-Si tuvieras que quedarte con una sola obra para el resto de tu vida, ¿cuál sería?
-No se puede reducir a solo una. Son multitud. Pero, siguiendo su juego, «El bufón Calabacillas» de Velázquez. Un ser que ya no deforma, sino que revela, entre otras cosas, la esencia de España. Si tuviera que hacer una definición general sobre lo que me quedaría de todas las artes, sería algo como un ejercicio conceptista bañado no pocas veces en el «humour» inglés, en una especie de ejercicios prácticos de ingenio.
-¿Qué obra te ha hecho sentir algo que no sabías que podías sentir?
-Siendo adolescente me leí la Enciclopedia Británica. Abrir uno de esos volúmenes era entrar en un espacio donde la dispersión encontraba forma, donde el caos se dejaba traducir en lenguaje. Hoy, esa ambición nos parece excesiva; pero en ella residía una forma de esperanza. Ese sentimiento todavía me acompaña.
-¿Has vivido alguna vez una experiencia estética casi “mística”?
-Tenía trece años y cayó en mis manos «Ada or ardor» de Nabokov, editada por Argos Vergara. La leí en estado de trance porque intuí la dimensión estética del lenguaje, no su mera dimensión informativa. Con las palabras se podía crear un sustituto de la religión. Aquella emoción cambió mi vida y mi vocación. También me transfiguraron los poemas que leía en el ABC.
-¿Qué museo o lugar artístico sientes como propio?
-El MNAC (Museo Nacional d´Art de Catalunya) El museo de Montjuïc tiene una ventaja sobre otros: no abruma. Las pinturas románicas, con sus colores apagados y su hieratismo, producen una impresión curiosa: parecen haber sido hechas no para ser vistas, sino para durar. El Ábside de Sant Climent de Taüll, el Frontal de altar de Avià, la Virgen dels Consellers de Lluís Dalmau, por citar a tres, no son narración, sino presencia y luz.
-¿Qué obra te gustaría volver a experimentar por primera vez?
-Bach, Schumann, Chopin, Mozart, los arpegios de un rojo de laca fresca y la melodía de un azul tostado.
-¿El arte te ha salvado alguna vez?
-Me salva la vida. No me mato para poder seguir releyendo la «Naturalis Historia» de Plinio el viejo, el «Speculum Maius» Vincent de Beauvais, por releer a Borges, por ver las olas de Houkusai, los bucles autorreferenciales de los grabados de Escher, por ver en el recuerdo el óvalo bellísimo como huevo de Pascua de la cara de mi madre, o la voz de la Callas. La cultura es por lo único que vale la pena vivir.
-¿Qué lugar ocupa el arte en tu vida?
-Un bendito lujo, una inveterada costumbre, una inexorable necesidad. Se excita y vibra mi glándula pineal con los buenos libros, las pinturas, la música, etc. Pero, y ya concluyo, las meditaciones solitarias que siento ante una tela o un busto vistos en el museo no tengo el mal gusto de pasarlas a escrito.
