Tengo una voz pastosa, estropajosa, de consonantes mal trituradas, residuos viscosos como vocales, como si las palabras hubieran pasado antes por una boca ajena, desdentada y húmeda. Hablo como si cada palabra tuviera que abrirse paso entre capas de polvo viejo; una voz sin filo, arrastrada, que parece pertenecer al paisaje de los borrachos, al barro y a las maderas podridas.
Una voz cavernosa, de pésima dicción, una voz que masca las palabras antes de soltarlas; de saliva espesa y sílabas torcidas, donde el lenguaje parece regresar a un estado primitivo, casi animal.
Con temblor de carraca rota, de garganta castigada por los fármacos, bronca, desabrida, limada hasta perder cualquier dulzura, como un golpe seco en la mesa. De ceniza, gastada por el tabaco, que se deshace en la boca como un periódico viejo, áspera, opaca y de difícil comprensión.
Voz donde las palabras son como bolas de petróleo y la articulación propia de un boxeador sonado.
