Tentativas 98

Hay algo más que sonido en la voz de Esther López: una cualidad aérea, como si el aliento que la produce no procediera de un pecho humano, sino de una región más pura, más rara, donde el lenguaje aún no se ha separado de la belleza. No es simplemente bella: es exacta, con una modulación tan precisa que cada sílaba parece haber sido elegida no solo por su sentido, sino por su textura acústica. Hay en ella un leve temblor —no de debilidad, sino de exceso de vida— que la vuelve irresistiblemente memorable, como si cada palabra estuviera a punto de romperse en una música más fina que el propio lenguaje.

Las inflexiones parecen haber sido sometidas a disciplina, y su arquitectura recuerda a la armonía matemática de un algebrista. Hay voces que piensan por sí mismas, que generan un movimiento en quien las escucha, como si el oído fuese arrastrado hacia una región donde el lenguaje se vuelve más ligero, más rápido, más esencial.

Su voz la asocio en mis imaginaciones a un paño de seda húmedo. No impone, seduce, envuelve. Su perfección técnica produce una emoción inmediata. Suena a rumor en los lagares.

Una voz de hexámetro dactílico suave como la bruma.

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