—¿Cuál es tu idea de la literatura?
—No esa de arcilla blanda a punto de derrumbarse de Dostoievsky. Tampoco la de timbre sucio de diva terrible como Dante. Ni la de india chorotega que se cree una baronesa de mieles de fino baccarat propia de Elvira Lindo. Me gusta la literatura con algo de claridad, y distinguida, de gusto refinado y educado. Todo gran escritor es un gran engañador.
—¿Qué virtud literaria te parece más sobrevalorada?
—Las ventas. Feuillet, Edward Young, Ouida, Rafael López de Haro eran los autores más vendidos de su época.
—¿Y la más innecesaria?
—Follet y Falcones y Rosa Montero dirían que el estilo. Soy absolutamente incapaz de leerlos. Se escribe para no ser entendido demasiado pronto.
—¿Qué defecto toleras mejor en un libro?
—Que los autores de esos libros en sus ratos libres inventen máquinas desalinizadoras. La extravagancia es un vicio fértil.
—¿Qué defecto te resulta imperdonable?
—Lo llorica.
—¿Tu ideal de lector?
—Alguien que relea.
—¿Qué libro te gustaría haber escrito?
—»Manual para espías», de Daniel Nesquens.
—¿Qué autor admiras en secreto?
—Aquel que cobra más derechos.
—¿Qué te inspira más: la vida o el mercado?
—La vida, pero el mercado paga la tinta.
—¿Cuál es tu relación con el lenguaje?
—Histriónica y de vigilancia: cada frase debe justificarse.
