
«Puede que veáis a un joven insensato que pierde su tiempo haciendo como que estudia, y transido de frío y con la nariz moqueando, no se digne limpiarla para no manchar el libro que tiene debajo», obispo de Bury.
Petrarch manifestó repetidamente horror ante el deterioro físico de los manuscritos. En sus «Epistolae familiares» escribe: “Nada me entristece más que hallar un libro noble corrompido por manos bárbaras: páginas ennegrecidas por el humo, márgenes mutilados, pergaminos deformados por la humedad o la negligencia. Un libro viejo no debe inspirar desprecio, sino veneración; las arrugas del manuscrito son semejantes a las de un anciano sabio”.
Desiderius Erasmus, en los «Colloquia», satiriza a quienes poseen libros únicamente como adorno o pose social: “Algunos compran bibliotecas enteras no para leerlas, sino para exhibirlas. Los volúmenes permanecen cubiertos de polvo, las cubiertas se agrietan y los ratones roen los márgenes. El dueño presume de cultura mientras sus libros mueren abandonados».
Guillaume Budé escribió incluso contra los encuadernadores ineptos y restauradores incapaces: “Hay artesanos ignorantes que destruyen más libros en un mes que el tiempo en un siglo. Raspan pergaminos antiguos, cortan márgenes preciosos, sustituyen letras venerables por adornos recientes y reducen códices magníficos a cadáveres elegantemente vestidos”.
Gabriel Naudé, en su «Advis pour dresser une bibliothèque»: “Es preferible privarse de ciertos lujos antes que permitir la ruina de buenos libros. Porque los libros conservan la memoria del género humano; destruirlos por negligencia equivale a empobrecer a los siglos futuros”.
Y Ruskin: “No existe deber más sencillo ni más revelador de la educación interior de un hombre que el modo en que trata sus libros. Hay personas capaces de entrar violentamente en un volumen, quebrar el lomo, manchar las páginas, abandonar el libro abierto boca abajo como un animal muerto. Tales hábitos revelan una forma profunda de vulgaridad moral”.
O Charles Nodier: “Los enemigos del libro son innumerables: el agua, el fuego, el moho, los insectos, los herederos ignorantes y, sobre todo, los lectores descuidados”.
Por último, Eco: “La biblioteca es el espejo de una mente. Un libro subrayado con inteligencia puede resultar hermoso; un libro destrozado por brutalidad o abandono revela inmediatamente la mediocridad espiritual de su propietario”.
