
El tratamiento mediático de epidemias, virus o amenazas sanitarias suele oscilar entre la información necesaria y la teatralización emocional. El caso reciente del hantavirus ha reactivado una vieja mecánica (explotada al recuerdo de la COVID) de titulares apocalípticos, rótulos alarmistas y dramatización televisiva que numerosos intelectuales vienen denunciando. Una denuncia, como siempre, que cae en saco roto.
El sociólogo Ulrich Beck, en «La sociedad del riesgo», sostuvo que las sociedades contemporáneas viven obsesionadas por amenazas invisibles magnificadas continuamente por sistemas mediáticos que producen una “conciencia anticipatoria de catástrofe”. Estoy de acuerdo. Algo semejante explicó Susan Sontag en «La enfermedad y sus metáforas». Sontag observó que las epidemias modernas son tratadas simbólicamente como invasiones, castigos o amenazas civilizatorias. Los medios tienden a utilizar un vocabulario militar (“virus letal”, “enemigo invisible”, “expansión”, “contagio imparable”) que transforma la información sanitaria en relato épico y emotivo. También Zygmunt Bauman explicó en «Miedo líquido» que la sociedad contemporánea consume (o consumimos) ansiedad de manera casi industrial. El miedo difuso mantiene la atención, aumenta la dependencia informativa y genera una sensación constante de vulnerabilidad. El ciudadano moderno vive conectado a un flujo continuo de alertas, estadísticas y amenazas potenciales. Canguelo, amedrantamiento y temor.
En el ámbito español, varios intelectuales y escritores han denunciado durante años esta conversión de la información en espectáculo. Jordi Llovet -un maestro y un sabio- criticó repetidamente la infantilización mediática y la degradación de la esfera pública en favor del sobresalto continuo. En ensayos y artículos sostuvo que el periodismo contemporáneo tiende a sustituir la jerarquía intelectual por la excitación inmediata. Para Llovet, la televisión moderna vive de la hipérbole, del susto emocional y de la incapacidad de demorarse racionalmente en los hechos. El resultado es una sociedad fatigada, nerviosa y fácilmente manipulable. Una sociedad racionalmente menor de edad. Francisco Rico lamentó a menudo el empobrecimiento cultural producido por la velocidad informativa. Según Rico, el ciudadano contemporáneo recibe tal cantidad de estímulos fragmentarios que pierde capacidad crítica y contexto histórico. La noticia instantánea sustituye lentamente al juicio reflexivo. En asuntos sanitarios o políticos, ello favorece reacciones desproporcionadas.
Julián Marías advirtió ya en el siglo XX sobre “la fabricación social de la inquietud”. Consideraba que una sociedad sometida a estímulos continuos termina viviendo en estado de sobresalto moral y psicológico. Marías defendía -esa gran utopía visto décadas después- que el periodismo debía proporcionar claridad, proporción y sentido de realidad, no convertir cada acontecimiento en apocalipsis.
Manuel Vicent ha ironizado muchas veces sobre la televisión como “máquina de ansiedad doméstica”. En sus columnas denuncia frecuentemente la tendencia de los medios a dramatizarlo todo mediante musiquillas ominosas, grafismos «llampants» y lenguaje catastrofista. Vicent observa que el miedo vende porque mantiene al espectador inmóvil frente a la pantalla, pendiente de la próxima alarma. Francisco Umbral fue particularmente feroz contra el sensacionalismo periodístico. Consideraba que muchos medios habían abandonado el estilo y la inteligencia para abrazar el histrionismo. Veía la televisión como una “industria de excitaciones nerviosas” donde la exageración reemplaza al análisis. En sus columnas criticó innumerables veces el gusto mediático por el dramatismo fácil y el espectáculo del miedo. Guillermo Carnero, desde una sensibilidad más intelectual y estética, más de poeta cultista, ha lamentado repetidamente la sustitución de la cultura reflexiva por una civilización del impacto inmediato. La histeria informativa le parecía uno de los síntomas de la decadencia contemporánea de la atención.
Y quizá uno de los diagnósticos más severos haya sido el de Arcadi Espada, quien lleva años denunciando el “periodismo sentimental”. Espada sostiene que muchos medios ya no informan prioritariamente sobre hechos, sino sobre emociones. El periodista deja entonces de actuar como mediador racional y pasa a convertirse en productor de estados de ánimo colectivos. En crisis sanitarias ello resulta especialmente peligroso: la audiencia termina percibiendo una amenaza emocional desproporcionada respecto a los datos objetivos.
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“La televisión no hace imposible el entretenimiento; hace imposible cualquier otra cosa. Todo tema es presentado como espectáculo. Las noticias, la política, la religión, el comercio o la educación aparecen sometidos a las mismas exigencias formales: rapidez, impacto visual, simplificación emocional y capacidad de mantener la atención. El resultado es una cultura que ya no distingue claramente entre información y entretenimiento. Lo importante deja de ser la verdad o la comprensión racional de los hechos; lo importante es mantener al espectador continuamente estimulado El problema no es que la televisión nos ofrezca entretenimiento, sino que convierta toda la experiencia pública en entretenimiento. Incluso el sufrimiento, el miedo y la catástrofe terminan organizados como formas de consumo emocional”, Neil Postman.
“Las sociedades siempre han sido moldeadas más por la naturaleza de los medios mediante los cuales los hombres se comunican que por el contenido mismo de la comunicación. El medio eléctrico crea implicación total. Todo acontece simultáneamente. El individuo moderno vive sumergido en un campo continuo de estímulos que exigen reacción instantánea. Cuando la información circula a velocidad eléctrica, desaparecen la distancia crítica y la secuencia racional. La emoción precede al juicio”, Marshall McLuhan.
“La televisión posee una capacidad extraordinaria para explotar nuestras inseguridades y mantenernos mirando. Sabe producir simultáneamente fascinación y ansiedad. Nos hace sentir solos, insuficientes, temerosos de quedar excluidos del flujo continuo de información e imágenes. El espectador contemporáneo vive en una especie de estado nervioso permanente: siempre conectado, siempre esperando la próxima alarma, la próxima noticia urgente, la próxima emoción inmediata”, David Foster Wallace.
“Todo debe parecer urgente, dramático, terminal. La moderación no genera clics. El algoritmo recompensa el enfado, el miedo y la indignación. Se ha construido un ecosistema donde la ansiedad produce tráfico y donde la exageración constante termina deformando la percepción misma de la realidad. La televisión y las redes convierten cualquier asunto en histeria episódica. Hoy una epidemia; mañana una polémica política; pasado mañana una celebridad caída en desgracia. Todo se consume con idéntica intensidad nerviosa y con idéntico olvido”, Kiko Amat.
“El hombre contemporáneo vive sometido a una lluvia incesante de estímulos, advertencias, noticias, escándalos y amenazas que terminan destruyendo su capacidad contemplativa. El exceso de información no produce lucidez, sino fatiga moral. La civilización audiovisual necesita mantener al individuo en estado de excitación continua. El miedo constituye uno de los mecanismos más eficaces para capturar la atención. Una sociedad nerviosa consume más información y piensa menos”, Santiago Lamas.
