
Tengo muchas lagunas literarias. De joven estudié mucha lógica, historia y filosofía de la ciencia, y también filosofía analítica. De poetas, y eso bien se nota, no debo haber leído más allá de cien en mi vida. Y tuve una inclinación morbosa a las rarezas y los descatalogados. Disfruto (o disfruté) singularmente de los libros mediocres, de las obras olvidadas, de las compilaciones ingenuas, de los viejos tratados polvorientos donde el escritura humana aparece sin geniales afeites. Las obras maestras imponen admiración; pero ciertos libros oscuros ofrecen algo acaso mejor: la intimidad de una época, o bien el «pathos» de un hombre menor, pero apasionado.
Recuerdo la impresión que me causaron las «Confesiones inconfesables» de Dalí, una prosa de dandísticas hormigas, de incendio cobrizo en las ideas (por ejemplo el método paranoico crítico) Asimismo también leí al Dr. Manuel Cabaleiro Goás, sus estudios patográficos (Werther, Mischkin, Joaquín Monegro etc…) Y las obras completas del profesor Manuel Mantero, tratados de teología sin valor doctrinal, extravagancias filosóficas, numerología, o los miles de páginas de la «Historia de la literatura universal» de Riquer y Valverde. Devoré obritas de ocasión y época como los ensayos de McLuhan o Alvin Toffler. Y extraños volúmenes sobre estilográficas, historia bizantina, numismática, e incluyo la literatura -muy aburrida- falsamente consoladora y de autoayuda. Cuando fui algo rico pude iniciarme en la bibliofilia, y, en mi biblioteca, tengo todavía algunas estanterías que rinden honores a esos lujos. Me encantan las enciclopedias (antiguas, modernas, de cualquier tema), los libros de citas, los Libros Jubilares, los libros de locos. En fin, que habité las casas excéntricas y los callejones oscuros de la literatura.
Sí, pequé de la comezón absurda por los tratados de ciencias muertas y los libros inverosímiles (los que glosaban el movimiento perpetuo, las tesis creacionistas, el tarot o la cábala más popular)
Mi maestro Álvarez, dada mi dispersión ineficaz, siempre me instaba a no desperdigarme como un erudito a la violeta y algo bobo. Gracias a él se modidificaron mis hábitos de lectura y me centré en la «desolada grandeza». Lo agradezco. Fue su señal mayor de maestría y tutelaje. Pero a veces, ay, la cabra tira al monte.
Quizá nadie expresó mejor esa voluptuosidad del lector errante que Logan Pearsall Smith: “Some books are visited rather than read. We wander through them as through curious old houses: pausing before odd objects, climbing staircases that lead nowhere, opening forgotten drawers. Their very uselessness becomes part of their charm”.
