
Descreo del estilo tosco y simplón, superficial, que no levanta un palmo del suelo, esa prosa monocolor y liofilizada, huera y epidérmica, pero me disgusta asimismo una escritura en permanentes vacaciones por la ininteligibilidad galáctica, de hermetismo gnóstico. Mi modelo de escritura sería un «métissage» entre George Eliot o Jane Austen con Dickens o Stevenson. Mi estilo anhelado gravita entre dos polos: Hume o Quine y, en el otro extremo, David Lewis. Busco una lengua, refiriéndome ahora a la prosa carolina y republicana del siglo XVII inglés, sin el estilo latinizante (a menudo difícil) de Milton, sino más bien con el estilo agradable y suelto de un Walton, pasando por el término medio de Thomas Browne y Jeremy Taylor. Juan Goytisolo taraceado por Eduardo Mendoza, Quevedo refrenado por Cernuda, Gracián iluminado por Galdós, Góngora alisado por Gil de Biedma, Benet laminado por Delibes. Perdonen la vanidad o presunción patológica y desmesura, la irracional soberbia, de declararles que aspiro a mimetizarme con Josep Pla o Álvaro Cunqueiro (como prosistas) y Kavafis (como poeta) Ese fuera el punto de equilibrio o cocción perfecto para mis guisos literarios; de antemano les pido disculpas por la comida rústica, cruda o requemada.
Muchos autores me han influido. Citaré los más recónditos. La traducción del «Decamerón» publicada en Medina del Campo, 1543, por Pedro de Castro, conforme a la edición incunable de Estanislao Polono y Meinardo Ungut realizada en Sevilla, 1496, con el título: «Las C nouelas de Juan Bocacio».
El estilo de George Saintsbury, hombre muy universal y de gran amplitud de conocimientos, estudioso de pluma fácil, a pesar de su complicado estilo. Recomiendo su biografía de Dryden.
El detalle pintoresco y la fluidez narrativa de Macauly en «The History of England» han supuesto una verdadera delicia lectora y creo que influyeron en mi prosa de esponja. También hay influjos en mi escritura, pero indirecta u oblicuamente, de la visita que hice a la casita de Grasmere, hoy museo, no lejos de Ambleside, donde Wordsworth vivió hasta su muerte. Aquello fue una epifanía.
Dentro de este régimen de inspiraciones, enfatizaré sobre todo la del matrimonio Kneale con su libro soberbio «The Development of Logic». Un lenguaje que posee la silenciosa autoridad de las inteligencias más interesadas en la verdad que en la exhibición (los autores rechazan tanto la oscuridad como la simplificación porque respetan por igual al lector y a la materia tratada)
La prosa avanza con una confianza deliberada. En todas partes se percibe el trabajo paciente de autores profundamente preocupados por la precisión verbal. «The Development of Logic» pertenece a esa distinguida línea de la prosa intelectual inglesa en la que la propia exposición se convierte en una forma de conducta civilizada. Los capítulos se despliegan con la inevitabilidad de estructuras cuidadosamente diseñadas. El estilo posee una transparencia clásica. Nunca se siente la prosa interpuesta entre uno mismo y el argumento; funciona, más bien, como un medio de pensamiento perfectamente pulido.
Los autores jamás intentan impresionar al lector mediante efectos de profundidad artificial. Su autoridad procede del dominio del tema y de la perfecta sobriedad de la expresión. El lector atraviesa materiales altamente técnicos gracias a una prosa de equilibrio y compostura poco comunes. Las frases están cuidadosamente moduladas, nunca precipitadas, y sostenidas por una calma intelectual subyacente.
En pintura, el libro recuerda ante todo a «La escuela de Atenas» de Rafael. El fresco posee una cualidad profundamente “knealeana”: claridad monumental. Nada es caótico; cada figura ocupa un lugar racional dentro del conjunto. La inteligencia aparece como orden. También podría compararse con ciertas obras tardías de Nicolas Poussin, especialmente «Et in Arcadia ego».
En música, la similitud obvia es con Bach (aunque también hay algo mozartiano) En Bach, especialmente en «El arte de la fuga», múltiples líneas independientes se desarrollan simultáneamente bajo leyes rigurosas de simetría y transformación. El oyente percibe una libertad inmensa sostenida por una estructura matemática invisible. Los Kneale producen una impresión análoga: doctrinas separadas por siglos empiezan a responderse unas a otras como voces contrapuntísticas. Aristóteles prepara a los escolásticos; los escolásticos anuncian a Leibniz; Leibniz prefigura la lógica simbólica moderna. Todo aparece conectado por una arquitectura intelectual subyacente.
He leído nueve o diez veces «El desarrollo de la lógica», con pasmo y admiración cada vez crecientes. En mis asociaciones privadas poéticas, el libro es una redonda y balsámica esfera, un sueño alegre de fulgor y paz, una civilizadísima terraza donde tomar té y mermelada.
