
LA ERUDICIÓN ES UNA ENFERMEDAD AUTOINMUNE
Conversación con Erasmo von Pynchon
El encuentro tuvo lugar en un café absurda y trivialmente moderno: lámparas de luz y sesgo industrial, hormigón desnudo, camareros con tatuajes y una música ambiental diseñada, según todas las apariencias, por un algoritmo depresivo. Erasmo llegó con doce minutos de retraso, un abrigo elegante color ceniza y una expresión entre irónica y hastiada. Depositó sobre la mesa una edición anotada de «Hypnerotomachia Poliphili» llena de papeles sueltos y miró el local con el mismo desprecio con que un Torquemada examinaba un tratado herético.
Entrevistador:
Maestro, muchos lo consideran el último humanista europeo.
Erasmo:
“Último humanista europeo” es una expresión publicitaria. Algo que podría imprimirse en la faja de un libro comprado por proxenetas cultos en un aeropuerto. No, joven. El humanismo murió hace mucho. Fue aniquilado lentamente por las molonas pedagogías terapéuticas, la democratización indiscriminada de la opinión y esa obscena sustitución de la memoria por el acceso instantáneo a los datos. Hoy la gente no sabe nada, nada de nada, pero posee información. Es muchísimo peor. Antes un ignorante al menos tenía el pudor o vergüenza torera de callarse.
Entrevistador:
Sin embargo, usted sigue defendiendo las Humanidades con un fervor casi religioso.
Erasmo:
No confunda amor con necrofilia. Yo no “defiendo” las Humanidades. Las visito como quien lleva flores a un cementerio de pueblo donde están enterrados remotos antepasados. Mire, durante siglos Europa creyó que leer a Virgilio, estudiar a Tácito o comprender a Dante refinaba el alma. Hoy consideran refinamiento moral poner un emoticón llorica bajo la noticia de una catástrofe.
Entrevistador:
Se le acusa de elitismo.
Erasmo:
Naturalmente. El mundo moderno llama “elitismo” a cualquier forma de exigencia. Te meterán dentro de poco en un campo de reeducación si te significas como elitista. Si usted afirma que quizá no todo juicio vale exactamente lo mismo, inmediatamente lo comparan con un terrateniente ruso golpeando la tibia de niños esclavos desnudos. Escuche: yo no creo que todos los hombres sean igualmente inteligentes en cuestiones culturales. Del mismo modo que no todos saben construir un puente, pilotar un avión ni operar un cerebro. La diferencia es que nadie se siente humillado porque un neurocirujano sepa más neurocirugía que él. Pero basta sugerir que comprender a Petrarca requiere algo más que autoestima a raudales y café ecológico para que empiece el motín democrático a dar la vara.
Entrevistador:
¿De dónde proviene su obsesión con las notas al pie?
Erasmo:
Ah, las notas…
(Se inclina ligeramente hacia delante)
Las notas al pie son el último refugio de la inteligencia europea. El texto principal pertenece al comercio; las notas pertenecen a la conspiración. Toda verdad importante, y fíjese bien en lo que le digo, aparece siempre en los márgenes: escolios medievales de copistas muertos de frío, comentarios talmúdicos, glosas bizantinas, aparatos críticos asombrosos de alemanes del XIX. La civilización occidental fue construida por hombres que escribían en letra minúscula alrededor de un texto sagrado que ya nadie entendía del todo. Internet destruyó eso, qué duda cabe. Todo debe ser inmediato, visible, horizontal, obscenamente transparente. La transparencia es el ideal de las sociedades policiales y de los rematadamente imbéciles.
Entrevistador:
En sus textos aparece constantemente la idea de que la realidad es una red de signos cifrados.
Erasmo:
Porque lo es. Usted cree vivir en una democracia tecnológica. En realidad vive dentro de un manuscrito palimpséstico redactado por banqueros de bulto abdominal, ingenieros de datos y pedagogos papanatas. La modernidad no eliminó la teología: la sustituyó por la burocracia digital, esa tierra baldía, esos ángeles plastificados. Los algoritmos son simplemente la escolástica del siglo XXI, pero sin latín y con inversores, matemáticos, abogados y psicólogos cognitivos mafiosos.
Entrevistador:
¿Y qué papel juega la paranoia en todo esto?
Erasmo:
La paranoia es filología en su punto de máxima ebullición. El paranoico y el gran lector comparten una convicción fundamental: nada es casual, todo es alusivo como el sube-baja del yoyó. La diferencia es apenas metodológica. Uno interpreta erróneamente anuncios luminosos (que no numinosos) y movimientos de torcaces; el otro interpreta hexámetros, archivos diplomáticos en las galerías ensangrentadas del Vaticano y correspondencias barrocas. Ambos viven atrapados en un exceso o inflación de significado.
Entrevistador:
Sus detractores dicen que usted romantiza el aislamiento intelectual.
Erasmo:
Porque jamás han experimentado la voluptuosidad del silencio atareado. La mayoría de las conversaciones contemporáneas producen en mí la misma sensación que deglutir una cucharada de arena. Yo necesito habitaciones cerradas, lámparas bajas, ediciones anotadas, música de Johann Sebastian Bach y una distancia prudencial respecto al entusiasmo colectivo. La multitud siempre termina oliendo a linchamiento o a publicidad.
Entrevistador:
¿Es feliz?
Erasmo:
(Se produce una pausa larga)
Qué pregunta tan americana. La felicidad es una obsesión de sociedades profundamente infelices. Europa aspiraba antes a cosas más altas: lucidez, forma, disciplina interior, estilo ante la catástrofe. Yo no soy feliz. Soy legible para mí mismo. Que ya es muchísimo.
Entrevistador:
Ha dicho en alguna ocasión que “la erudición es una enfermedad autoinmune” ¿Qué quiso decir?
Erasmo:
Que llega un momento en que el saber deja de protegerte y empieza a devorarte. El verdadero erudito termina viendo demasiadas conexiones, demasiadas ruinas históricas, demasiadas repeticiones grotescas de la estupidez humana. Ya no puede participar inocentemente del mundo. Imagínese intentar disfrutar de un debate televisivo después de haber leído las polémicas teológicas del siglo XVII o los discursos de Edmund Burke. Es como pedirle a alguien habituado al vino de Borgoña que celebre una bebida isotónica fluorescente. La cultura superior produce una forma particular de soledad: convierte la realidad cotidiana en algo ligeramente irreal y ofensivo.
Entrevistador:
Entonces, ¿para qué seguir leyendo?
Erasmo:
Porque la inteligencia también posee su dignidad trágica. Porque algunos preferimos hundirnos entre libros antes que prosperar entre slogans y realities. Y porque, de vez en cuando —muy raramente— uno encuentra una frase de Marcel Proust, de Borges o de Juan Benet (de él menos) que justifica retrospectivamente años enteros de aislamiento. Eso basta.
Entrevistador:
¿Última pregunta? ¿Qué será de usted dentro de veinte años?
Erasmo:
Dentro de veinte años probablemente estaré muerto o catalogado incorrectamente en alguna biblioteca universitaria subvencionada por idiotas. Que es, pensándolo bien, el destino natural de casi todos los humanistas.
(Pide la cuenta. Observa el datáfono como si fuese un artefacto salido de una secta gnóstica)
Por cierto: este café es execrable. Tiene sabor a resentimiento comunista o a prosa de Hegel.
Se levanta, deja unas monedas y desaparece hacia los baños. El camarero informa minutos después de que no hay salida alguna por allí.
Sobre la mesa queda un esquema de criptografía diplomática veneciana del siglo XVI, dos citas de Aby Warburg escritas en una servilleta y un comentario en griego antiguo cuya traducción aproximada sería: “La democracia cultural es el triunfo escatológico del filisteísmo”.
