Cornaro 42

Viajamos para distraernos, imaginando que acumulamos un gran caudal de saber. No siempre es el caso, o nunca.

Ibn Battuta, acaso el mayor viajero de la historia, al viajar sentía una continua mezcla de curiosidad jurídica, religiosa, etnográfica y sensual. Describe ciudades, costumbres, tejidos, ceremonias, escuelas coránicas, frutas, perfumes, puertos y palacios con la minuciosidad de quien siente que el mundo es demasiado vasto para una sola vida. Richard Chandler, en «Travels in Asia Minor and Greece», expresa que el viaje corrige la fantasía del estudioso sedentario. Ambos viajaban por saber.

Desde el siglo XIX estamos cautivados con esa palabra con sabor gelatinoso y verduzco llamada «turismo». Un turismo de masas que se distrae y embelesa con la golosina de Grecia, sin saber nada ni aprender nada de Grecia, con Italia o Inglaterra, ignorando -antes y después- rasgos gigantescos y esenciales de sus culturas. Hoy viajar es una veleidosa moda como el polisón y la crinolina en la época victoriana y la Belle Époque temprana.

Propongo sustituir el viaje exterior por el viaje intelectual, sensorial y estilístico de la lectura. No quiero abolir el viaje, sino ennoblecerlo con la cultura. Hay atardeceres descritos por Tolstói que recuerdo con más nitidez que muchos lugares verdaderamente visitados. El nombre de «Parma», una de las ciudades donde más deseaba ir desde que había leído «La Cartuja», me aparecía compacto, liso, malva y dulce. Los viajes más intensos de mi infancia fueron realizados tumbado en un sofá, mientras seguía con el dedo un mapa y las frases de Julio Verne. Al leer he sentido el tedio húmedo de Londres, el olor de los «docks», la melancolía de las tabernas: ¿qué podía añadir la realidad? Yo conocí el mejor París por las páginas de Hugo y de Baudelaire. Llegué a Alejandría buscando a Durrell y a Cavafis, y encontré una ciudad deshecha; pero aun así seguía viendo por encima de los tranvías oxidados la sombra dorada de la literatura. Venecias ruskinianas, Constantinoplas de Pierre Loti, Dublines joyceanas. Solo deseo la geografía de la literatura. Todo verdadero viaje empieza en una biblioteca.

***

Antes se viajaba para reafirmar una educación sentimental e intelectual; ahora se viaja para disparar fotografías como un mandril poseso. El Grand Tour europeo tenía algo de peregrinación estética: se iba a Italia, a Grecia o a París con siglos de literatura en la cabeza. Hoy las masas desembarcan en las ciudades históricas como consumidores apresurados de imágenes tópicas. Apenas miran. Registran y constatan de un modo mecánico. La cultura ha dejado de ser una experiencia interna para convertirse insensiblemente en postureo. Venecia ya no corre el riesgo de hundirse físicamente, sino espiritualmente. Hay demasiada gente mirándola y demasiado poca viéndola. Demasiada gente como un bulbo apache de ratas.

El turismo moderno representa la victoria urbi et orbi de la vulgaridad. Taras de carnes acémilas dentro de un espejo vacío. Fofas y torpes nalgas en movimiento. Las ciudades históricas se transforman en parques temáticos para gente incapaz de comprenderlas y degustarlas. En las plazas donde conversaron diplomáticos venecianos o donde un poeta decadente imaginó el fin de Europa, hoy solo quedan riadas de zapatillas deportivas, flashes y helados chuparreteados. Venecia debería visitarse como se entra en una iglesia o en una biblioteca: lentamente, en silencio, con reverencia litúrgica. Pero el turismo ha destruido incluso el silencio.

Viajar era antes una forma de educación del gusto, una lenta adquisición de matices, proporción e integridad. Se viajaba para reconocer en la realidad aquello que antes había sido leído en libros. El turista contemporáneo, en cambio, llega sin memoria y sin cultura, y abandona los lugares exactamente igual que llegó: sin haber entendido ni papa. Otros países tienen monos; nosotros turistas.

La civilización turística ha abolido en gran medida el azar del viaje. Todo está previsto, recomendado, planificado y anticipado. El viajero moderno rara vez se pierde, y precisamente por eso rara vez descubre algo esencial. Viajar significaba exponerse a la incertidumbre; hoy significa buscar una incorregible comodidad. Las ciudades excesivamente frecuentadas terminan pareciéndose a sí mismas de manera caricaturesca. Coagulación y petrificación de cabezas apepinadas, cebollonas, llenando la colmena planetaria.

El turismo llegó a España como una bendición económica y acabó produciendo una extraña mutación del paisaje. Donde había calas silenciosas aparecieron urbanizaciones; donde había tabernas marineras surgieron bares clónicos. El Mediterráneo empezó a parecerse peligrosamente a una inmensa y ácida piscina mundial.

Deja un comentario