Cornaro 53

Los tontos hedimos. Olemos a caldosa sopa recalentada de puerros, a ropa húmeda y fría pegada a los muslos y a la espalda huesuda, a sudor resignado y esmegma agrio en los testículos. Los imbéciles hablamos mucho. Discutimos de moralina, politiquería y patriotismo de modo gris y pegajoso, devastando las ideas como una pared con yeso agrietado. La mayoría de vivos estamos hechos de esa materia blanda y satisfecha.

Soy un escritor adornado con una atropellada vanidad feroz. Un subnormal refranero y supersticioso. Con un cerebro que parece una habitación pobremente iluminada donde las ideas chocan unas contra otras como moscas gordas contra los cristales. Soy un retrasado que balbucea rotundos dogmas episcopales. Un mediocre sin matices ni vacilaciones, de perfume dulzón barato y pesado. Un idiota que ríe demasiado fuerte, construido enteramente por la telebasura y los lugares comunes. Alguien enfermo de incapacidad para la percepción y la lógica.

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Éste que véis es Christian. Piel amarillenta, color de cera vieja, que apenas cubre la red de músculos fofos, descolgados, y vasos sanguíneos muy delgados; cabello castaño, casi negro, veteado de canas, corto e inconcebiblemente lustroso; y sus dientes de fumador picados, cariados, color sepia renegrida a la plancha; pero estos detalles no hacen sino confirmar de forma aterradora unos ojos aguados y ácidos que parecen casi del mismo color que las órbitas blanquecinas en que estaban hundidos. Unos labios anti-eróticos y rectos.

Proviene de la vida misma su estado de vulnerabilidad más crudo, como aquellos rostros de los moribundos de larga duración, con sus mejillas hundidas en un arrebol febril, que no eran ya humanos, sino mapas purulentos de una batalla bacteriológica. La enfermedad no era un accidente, sino una forma de existencia inferior y devastada. El cuerpo se volvía fangoso, los ojos brillaban con un agua antinatural, y el olor de la decadencia —ese aroma dulzón, parecido al de las manzanas podridas y el éter— flotaba en su covacha como un incienso de una divinidad azteca y sádica.

Voz de cripta y fiebre, como un detritus pastoso. Impulsos de conducta absurda. Cuello rígido y anfibio. Una razón donde borbotean trampas herméticas. Christian parece razonable unos pocos minutos, pero después aparece el desplante, la singularidad fatal, la frase incoherente e imposible dicha con absoluta naturalidad. Dentro de sí mismo le persigue su cráneo enfermo, como si las ideas sobre la realidad y sobre él se forjaran en una fragua a hierro candante. Un monstruo y un loco.

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