
«El verdadero intelectual no es aquel que acumula datos en un rincón oscuro, sino aquel que, mediante el estudio de las letras humanas, logra que la sabiduría sea amable. Su función es actuar como el médico del espíritu de la sociedad, utilizando la ironía para señalar los vicios de los poderosos y la superstición del vulgo, sin perder jamás la elegancia del discurso», Erasmo.
«El filósofo [intelectual] es un hombre que camina por la noche, pero que es precedido por una antorcha. Su función es la observación y la duda. El intelectual no debe ser un esclavo de los sistemas, sino un buscador de la verdad que se atreve a decir: ‘No sé’. Su influencia radica en su capacidad para desmoronar los prejuicios que mantienen a la humanidad en la infancia», Diderot.
A mi juicio, la función del hombre de letras es pulir las aristas de la conversación social, haciendo que el conocimiento sea una moneda de cambio corriente para la mejora del ciudadano. Educar con la fuerza de su convicción, tener el coraje de contradecir la -frecuentemente equivocada- moda pública.
Frente a esta idea clásica, surgió la visión del intelectual como guardián de la belleza y, cómo expresarlo, a la forma y el pulimento individual. Nada de salvar el mundo, sino cultivar la exquisita, sedosa percepción. Una labor interna, de perfeccionamiento del espíritu. Escritores, artistas e intelectuales leales al desafío de los ojos.
Hoy los intelectuales están en las catacumbas, en celdas monacales, resistiéndose a la bastardización del lenguaje. Frente al paisaje devastado por la inmediatez, prácticamente desaparecieron, sustituidos insensiblemente por pensadores rápidos periodísticos y mediáticos.
El intelectual moderno, en resumidas cuentas, ya no es el que guía a las masas hacia la Bastilla, sino el que, en el silencio de su estudio, intenta que las palabras sigan significando algo en un mundo que solo entiende de estrépito y zambombazos.
