Cornaro 67

La pasión monomaníaca por los libros. Mitad evangelismo, mitad enfermedad nerviosa. Una de las formas ulcerosas más extrañas de la experiencia humana: una locura fría y persistente. El bibliófilo auténtico no colecciona objetos; colecciona fragmentos de eternidad.

El amor a los libros roza siempre la desmesura irracional. El verdadero bibliófilo no compra un volumen porque necesite leerlo, sino porque no soportaría vivir sabiendo que existe lejos de él. Hay hombres que aman a las mujeres, otros que aman el poder y el dinero, otros el juego o la comida; pero el bibliófilo ama silenciosamente el alineamiento de los lomos, la promesa latente de los anaqueles, la respiración de una biblioteca al anochecer. Cada libro adquirido parece cerrar una herida, y sin embargo abre inmediatamente otra, porque la biblioteca perfecta y completa nunca existirá. De ahí la melancolía perpetua del coleccionista.

Porque los libros producen un efecto paradójico: sacian y excitan simultáneamente el espíritu. El hombre poseído por ellos acaba viviendo menos en el mundo que en una república invisible formada por autores, márgenes anotados y recuerdos borrosos de lectura.

Entro en las librerías con la misma mezcla de ansiedad y esperanza con que otros hombres entran en casinos o burdeles. El bibliófilo auténtico reconoce inmediatamente a los de su especie: tienen una manera particular de tocar el papel, de observar las guardas, de recorrer con los dedos el dorado fatigado de los lomos. Saben que ciertos libros irradian una dignidad material que ningún dispositivo electrónico podrá jamás reemplazar.

“Los libros me deleitan hasta el fondo del alma. Hablan conmigo, me aconsejan, me unen a hombres ausentes y a épocas remotas. Algunos me conducen a la sabiduría; otros simplemente alivian la fatiga de vivir”, Petrarca.

Vocación monástica y tenebrosa -feliz- adicción.

Deja un comentario