Cornaro 100

Me duele la vida. Todo me fatiga, incluso aquello que no me fatiga. Mi alegría es tan dolorosa como mi dolor. A veces me levanto de la silla donde he estado escribiendo o intentando leer, y siento náusea física de seguir existiendo. No tengo deseos, no quiero nada, no espero nada, todo eso me parece ridículo. No hay reposo, porque ni siquiera sé qué reposo podría desear. Todo me parece difícil. Todo me parece pesaroso, montaña arriba. El cuerpo está cansado, la cabeza pesa. No es tristeza exactamente (no sé lo que es); es una imposibilidad de unirse a las cosas. Una astenia, un desasimiento. Uno acaso sabe lo que debería hacer, pero entre el saber y el hacer se abre una distancia inmensa. Compré, de editorial Selecta, la prosa completa de Sagarra, varios volúmenes que me faltaban de la opera omnia de Pla en Destino, pero me refugio en librerías en lugar de en la lectura. Lo que me apasionaba no me colma.

Salir a la calle exige una energía desproporcionada, y temo recaer en interpretaciones persecutorias, y se hace difícil la higiene. Me desgastan las desgracias, la vida cotidiana. Solo deseo una tarde sencilla, tranquila, sin tensión, concentrado en la música y en mi biblioteca. De Thomas Bernhard: «Durante semanas no fui capaz de hacer nada. Me sentaba frente a los libros y no podía leerlos. Caminaba por las calles y regresaba inmediatamente. La ciudad me resultaba insoportable, pero la habitación también. Todo me repelía y todo me atraía al mismo tiempo. La inmovilidad era una tortura; el movimiento, otra».

Compré un volúmen de las «Meditaciones» de la Bohn’s Classical Library bien conservado con su atractivo discreto tan inglés: Londres, George Bell & Sons, 1870-1890. Tela editorial verde o azul oscuro. Dorados en lomo. Papel fino pero resistente. No suelen ser caros, pero un conjunto notable de clásicos estoicos puede adquirirse por unos 200 euros. Pero estoy muerto por dentro. No pasé de dos páginas. Nada me sacia.

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