Cornaro 101

La primavera se asienta ahora sin estrépito. Empieza a aparecer como ya hecha. Los bancales amanecen cubiertos de una claridad nueva, y el aire parece lavado y lustroso durante la noche. Los pájaros no cantan: derraman enfervorecidos la mañana sobre los campos y el alba de la ciudad. La primavera catalana tiene algo de milagro doméstico. No es una explosión tropical. Es una aparición lenta. Los árboles se despiertan como personas que han dormido mucho. La noche florece.

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Y, pese al bucolismo, se acrecienta mi adicción a ansiolíticos y barbitúricos. Llega un punto en el que ya no tomas la pastilla para sentirte mejor o para ser feliz, la tomas única y exclusivamente para no temblar, para evitar el síndrome de abstinencia, para poder soportar el mero hecho de existir. Es una muerte en vida. Los frascos de pastillas en la mesilla de noche se convierten en tus amuletos y en tus verdugos. Te dicen que te ayudarán a calmar los nervios, a dormir en paz, pero lo que hacen es robarte tu identidad poco a poco. Te despiertas cada mañana en una niebla espesa, con la cabeza pesada, y tu único pensamiento coherente es cuándo será la próxima dosis. Es una adicción silenciosa, vergonzosa y profundamente solitaria. Cuando estás atrapado en las redes de los tranquilizantes, descubres que el abismo no está afuera, sino dentro de ti, y que la química solo logra hacerlo más profundo.

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