Cornaro 81

Sobre las bajas laborales hay mucha pillería, escaqueo, irresponsabilidad y no poca vagancia. No existen datos científicos ni registros oficiales que midan con exactitud cuántas bajas laborales son «falsas» o fraudulentas (adviértase que el acto de simular una enfermedad es, por definición, oculto) Las cifras disponibles provienen de estimaciones patronales, informes de mutuas colaboradoras y análisis de agencias de recursos humanos. Cifras que oscilan en una horquilla entre el 7% y el 13% de las bajas totales.

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Al respecto vale la pena rememorar al Dr. Johnson:

«La indolencia es, por tanto, uno de los vicios de los cuales quienes una vez se infectan rara vez se reforman. Cualquier otra especie de lujo opera sobre algún apetito que rápidamente se sacia […] pero el deseo de facilidad actúa por igual a todas las horas, y cuanto más se complace, más se incrementa. No hacer nada está en el poder de todo hombre; nunca nos faltará una oportunidad de omitir nuestros deberes. El descenso a la indolencia es suave e imperceptible, porque es sólo una mera cesación de actividad; pero el regreso a la diligencia es difícil, porque implica un cambio del reposo al movimiento, de la privación a la realidad», The Rambler, No. 155

No está tampoco de más transcribir el célebre pasaje de «Oblómov» de Goncharov, donde se define el estado de letargo del protagonista:

«Estar acostado no era para Oblómov una necesidad, como para un enfermo o alguien que está muy cansado, ni tampoco un placer; era su estado normal. Cuando estaba en casa —y lo estaba casi siempre— permanecía acostado y siempre en la misma habitación, donde lo encontramos, que le servía de alcoba, despacho y sala. Tenía tres habitaciones más, pero raras veces entraba en ellas, quizá alguna mañana…».

Por último una cita académica sobre la «picaresca» hispánica, concretamente de: Rico, Francisco. La novela picaresca y el punto de vista. Barcelona: Editorial Seix Barral, 1970 (con varias reediciones posteriores ampliadas, como la de Editorial Planeta en 2000):

«El pícaro va aquí desde la necesidad a la libertad de la voluntad. Obra así en esta etapa porque quiere. Queda, sin embargo, el problema de si, al obrar picarescamente por gusto, no está eludiendo la verdadera decisión libre, y sí, en el fondo, no se trata de que obra determinado por sus propias inclinaciones, sujeto a su natural perverso».

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