Cornaro 82

Filósofos políticos que nos alertan contra el capcioso mesianismo político. El socialismo -esa peste abominable- es una herejía «gnóstica» (Voegelin) que intenta traer el cielo a la tierra por la fuerza, con mazas, metralletas y a machetazos. El capitalismo, al ser pragmático y limitado, respeta la trascendencia y la imperfección humana; es el mecanismo -volátil, posiblemente efímero- más humanista que inventó el hombre.

De «An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations», una cita repetidísima y certera: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de la consideración de su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad, sino a su amor propio, y jamás les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas”. La frase suele malinterpretarse como apología de la codicia. Smith quería mostrar algo más complejo y verificable: que el intercambio libre transforma el interés privado en cooperación social objetiva.

Otro pasaje fundamental: “El hombre tiene una inclinación natural a trocar, cambiar e intercambiar una cosa por otra. […] Esta disposición es común a todos los hombres y no se encuentra en ninguna otra raza de animales”. El comercio pacifica y ablanda la historia, la endulza como rumor de vino en los lagares. “El comercio y las manufacturas introdujeron gradualmente orden y buen gobierno, y con ellos la libertad y seguridad de los individuos”.

El capitalismo se puede defender con argumentos económicos, o moralmente, por su apología de la libertad individual, o por su resistencia histórica y épica a los totalitarismos, o por su apasionada crítica a la ingeniería social, por el desdén a las sangrientas, apocalípticas utopías revolucionarias, y por su estupendo ideario en pro de una sociedad abierta y plural.

El capitalismo de libre mercado no es solo el sistema más eficiente para la generación de riqueza y la reducción de la pobreza, sino que es el único orden económico compatible con la libertad individual, el pluralismo político y la limitación del poder coercitivo del Estado. La propiedad privada y el mercado libre funcionan como contrapesos necesarios frente a la tendencia natural del Estado hacia el autoritarismo. Ludwig Lachmann y Emil Kauder, honrémoslos. Lachmann aporta el subjetivismo radical (las expectativas humanas son cambiantes y el mercado se adapta a ellas constantemente); Kauder narra cómo el pensamiento escolástico influyó en la teoría del valor, demostrando las raíces profundas del capitalismo en la libertad de elección. Léanlos, no tienen desperdicio.

Milton Friedman, desde la Escuela de Chicago, une empíricamente la libertad económica y la libertad política (una idea alucinadamente más que plausible y feliz) Defiende el libre mercado, la desregulación y demuestra que la inflación es siempre un fenómeno monetario causado por los gobiernos. El mercado es un procesador de información descentralizado.

Los precios transmiten de forma instantánea escasez y preferencia, algo imposible de replicar por una oficina de planificación central. Por otro lado, si el Estado es el único empleador y propietario de los medios de producción, la disidencia política se vuelve imposible. La propiedad privada distribuye el poder en la sociedad. Por último, permite la constante evolución tecnológica y social mediante la competencia, premiando la innovación y descartando lo obsoleto.

Las utopías perfectas suelen desembocar en terror político porque requieren imponer coercitivamente un modelo ideal. Un modelo de hombre lobo para el hombre, pese a las apariencias. La propiedad privada y la justicia son interdependientes. Sin estabilidad en la posesión de bienes y sin comercio por consentimiento, no hay paz social ni civilización posible. El comercio, además, suaviza las costumbres y fomenta la tolerancia («gentle commerce»), la libertad económica y de expresión desatan la individualidad y el genio humano. El mercado de ideas copia la estructura del mercado de bienes.

Isaiah Berlin introduce la distinción entre libertad negativa (ausencia de interferencia) y libertad positiva. El capitalismo maximiza la libertad negativa, asegurando un espacio donde el individuo puede elegir sus propios fines sin que el Estado le imponga una noción única de «bienestar» o «felicidad».

Raymond Aron en el excepcional «El opio de los intelectuales», desenmascara los mitos de la izquierda radical de su tiempo. Defiende el capitalismo democrático occidental como un sistema imperfecto pero perfectible, frente a la tiranía real del bloque soviético. La libertad económica y las libertades políticas son indisolubles. A la siniestra le cuesra bastante entender esto.

La libertad de prensa, el pluralismo cultural, la democracia representativa, la tolerancia, son inseparables del capitalismo. Y el mercado libre disuelve los nacionalismos colectivistas, el tribalismo y el caudillismo, permitiendo que el individuo sea dueño de su propio destino. En una sociedad de tintes capitalistas se defiende el laicismo, la racionalidad e instituciones fuertes. Sostengo que el capitalismo moderno y el Estado de derecho requieren de ciudadanos autónomos, y deploro cómo el estatismo clientelar debilita la responsabilidad individual y debilita la democracia (se ve en la España de Sánchez de modo acusado)

Frank Chodorov, un intelectual del paleolibertarismo, arguyó que los impuestos son un robo y que la libre empresa es la única base moral para una sociedad digna, ya que el comercio une a las personas y la política las divide.

La propiedad privada limita la concentración absoluta de poder político. Cuando el Estado controla el empleo, la prensa, y la producción, y la vivienda, y el crédito, entonces el disidente queda indefenso.

Carl Menger: aporta la teoría del valor subjetivo. El valor de los bienes no viene del coste de producción (refutación a Marx), sino de la utilidad que cada individuo le asigna. El capitalismo respeta la soberanía del consumidor. Eugen von Böhm-Bawerk: destruye la teoría marxista de la plusvalía demostrando que el interés es el pago por la preferencia temporal (los trabajadores prefieren un salario seguro hoy que esperar a un beneficio incierto mañana). El capitalista asume el riesgo y el tiempo. Ludwig von Mises: demuestra científicamente la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo. Sin propiedad privada no hay mercados; sin mercados no hay precios; y sin precios es imposible saber qué producir, generando caos y miseria. Friedrich Hayek: desarrolla el concepto de orden espontáneo (el mercado se regula solo, como el lenguaje)

El conocimiento está disperso en la sociedad y el socialismo comete la «arrogancia fatal» de creer que una mente central puede planificado.

El capitalismo —mejor: la economía de mercado inserta en un orden jurídico, moral y cultural— no es perfecto, pero es el único sistema conocido que combina prosperidad, libertad civil, pluralismo, descentralización del poder, innovación y corrección pacífica de los errores.

El capitalismo no debe defenderse como idolatría del dinero, sino como orden de libertad limitada por la ley. Su grandeza no está en producir millonarios, sino en permitir que millones de personas anónimas cooperen sin conocerse, comercien sin amarse, prosperen sin pedir permiso al Estado, creen empresas, acumulen ahorro, transmitan propiedad, funden instituciones, sostengan familias, publiquen libros, financien universidades, encarguen iglesias, abran cafés, sostengan periódicos y vivan sin estar enteramente sometidas al capricho del poder político.

El mercado es, en este sentido, una institución de modestia humana. Parte de una premisa humilde: nadie sabe bastante para dirigirlo todo. La sociedad no es una máquina. El mercado pertenece a esa esfera de prácticas no diseñadas del todo, surgidas históricamente, donde la libertad opera mediante reglas generales, no mediante fines impuestos.

El poder tiende siempre a crecer. Toda concentración política necesita justificaciones morales: igualdad, pueblo, nación, justicia, seguridad. Pero el resultado suele ser el mismo: más Estado, menos sociedad. El capitalismo dispersa al poder. La propiedad privada, la empresa, la familia, el municipio, la prensa libre, la universidad independiente, la asociación voluntaria: todo eso limita al necrosado Leviatán.

El capitalismo exige minorías excelentes: a los inventores, empresarios, los técnicos, científicos, editores, profesores, los artistas, los aventureros del riesgo. La sociedad de masas quiere beneficios sin disciplina, derechos sin deberes, abundancia sin esfuerzo. Julián Marías defendería la libertad concreta: biografía, proyecto vital, instalación, vocación. El capitalismo liberal permite trayectorias personales más abiertas que la sociedad estamental o la planificación burocrática. La propiedad privada permite distancia, ocio fecundo, biblioteca, independencia espiritual. El burgués puede ser vulgar; el burócrata redentor suele ser siniestro.

Brague recordaría que Europa no se funda en la autosuficiencia, sino en la recepción: Roma recibe de Grecia, el cristianismo recibe de Israel, la Edad Media recibe de los antiguos. El capitalismo europeo, cuando es civilizado, prolonga esa circulación: bienes, libros, técnicas, saberes, traducciones. Spaemann objetaría cualquier capitalismo que reduzca la persona a consumidor. Pero precisamente por eso defendería una economía de mercado subordinada a la dignidad humana, frente a sistemas que convierten al hombre en pieza de una totalidad histórica. Hadjadj diría que el mercado sólo es legítimo si sirve a la vida concreta: familia, fecundidad, casa, mesa, oficio, encarnación. Contra el tecnocapitalismo abstracto y contra el socialismo administrativo, propondría una economía al servicio de cuerpos reales. Reflexiónese sobre esas ideas.

El capitalismo es preferible porque reconoce la imperfección humana, dispersa el poder, permite el ensayo y error, premia la cooperación, hace posible el pluralismo, limita la omnipotencia política, crea riqueza sin exigir unanimidad moral y deja espacio para que la sociedad exista fuera del Estado. Si añadimos la cláusula conservadora; sin familia, religión, virtud, educación, ley, honor profesional, moneda sana, sentido del límite y cultura humanística, el capitalismo se convierte en una maquinaria vulgar de apetitos.

Siempre a favor del: MERCADO LIBRE, ESTADO LIMITADO, PROPIEDAD GARANTIZADA, MONEDA SERIA, CUERPOS INTERMEDIOS FUERTES, CULTURA ALTA, MORAL HEREDADA, CARIDAD PRIVADA, LEY IGUAL, CRÍTICA PÚBLICA Y RECHAZO FRONTAL DE TODA UTOPÍA REDENTORA.

VIVE LE CAPITALISME !

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