Cornaro 80

(Mariano Fortuny y Marsal)

Toques de pincel rápidos, yuxtapuestos y empastados. Visto de cerca, el cuadro parece un mosaico de manchas abstractas; de lejos, las formas cobran una nitidez y un brillo asombrosos. El brillo de la seda, el peso del terciopelo, el destello del metal, el polvo del desierto o la rugosidad de las paredes de adobe como gasas de filigrana doradas, como sombras muy levemente azulosas en el cuello. La luz es una blusa de mahón, una desembocadura del Alfeo.

Théophile Gautier llegó a decir que, gracias a Fortuny, la acuarela podía igualarse técnicamente a la pintura al óleo. Posibles fuentes e influencias: los maestros antiguos, Goya, Meissonier, la luz norteafricana, el orientalismo, la pintura de género del Segundo Imperio y una sensibilidad española para el claroscuro. Fortuny es a la pintura lo que Gautier o Flaubert son a la prosa ornamental: una pasión por la exactitud, por el esmalte, por la palabra que no solo nombra, sino que relumbra espejeante. Pero no tiene la severidad marmórea Flaubert, sino más bien la gracia nerviosa de un prosista que alternara Góngora, Merimée y un cronista del Segundo Imperio. En literatura española, Fortuny se acerca acaso a zonas de nuestro Valle-Inclán preciosista.

Mozart de cámara, Scarlatti con brocados, Ravel en miniatura, Chabrier con luz española. Gamuza y cabellos teñidos de negro como el cuervo. Verja y enrejado y salpicadura de luz. Tafetán y dragoneras tapizadas de damasco. Espejismo vaporoso y brillante verde cantárida.

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