(Del reloj «Swatch Royal Pop»)
Observar estas acampadas hasta llegar a las manos, con antidisturbios incluidos, por un trozo de plástico coloreado y pequeños engranajes dentro, puede resultarme fascinante a nivel sociológico (no deja de pasmarme la envidiable tranquilidad con que los necios se asientan en su propia torpeza), pero ajeno, patibulariamente lejano a mi naturaleza.
Todos estos que imitan a las colas soviéticas (actualizando los berridos de los becerros) me parecen seres de una vulgaridad colosal, símbolos de la majadera barbarie.
José López de la Huerta publicó su «Examen de la posibilidad de fixar la significación de los sinónimos de la lengua castellana» (Viena, 1789; también en Google Books) Allí leemos: «El ignorante yerra por falta de principios adquiridos; el tonto por falta de luces naturales; el necio por falta de luces o principios y sobra de amor propio […] Querer persuadir a un necio es cansarse en vano». En el mundo no sobran gedeones, primos, tardos, porros y botarates. En fin.
Mis lujos son los silencios tutti fruti hilados a la noche, y una príncipe de «Alicia en el país de las maravillas». La historia es curiosa. Carroll comprendió que necesitaba un ilustrador extraordinario. Eligió a John Tenniel, dibujante estrella de la revista satírica «Punch». La colaboración fue difícil: Tenniel consideraba a Carroll minucioso hasta la exasperación, mientras Carroll corregía detalles con escrúpulo neurótico. El libro fue impreso por la prestigiosa casa londinense Macmillan en 1865. La llamada first edition llevaba en portada:
Alice’s Adventures in Wonderland
by Lewis Carroll
with forty-two illustrations by John Tenniel
London: Macmillan and Co.
1865
Hoy esos ejemplares auténticos figuran entre las grandes joyas de la bibliografía victoriana. Pues aquí empieza la leyenda. Cuando los ejemplares ya estaban impresos, Tenniel quedó profundamente insatisfecho con la calidad de reproducción de las ilustraciones. Consideraba que el entintado y la impresión no hacían justicia a sus dibujos originales. Carroll, perfeccionista feroz, aceptó el juicio. La consecuencia fue que prácticamente toda la tirada fue retirada y destruida. Ésta es la razón por la que la auténtica princeps de 1865 es hoy rarísima, un verdero lujo.
Otro lujo, y no las colas por relojitos, sería estudiar y poseer «Formal Logic» (Oxford, 1955), de Arthur Prior. Fiel al diseño sobrio e institucional de la Oxford universitaria de mediados de siglo, el libro está encuadernado en tela de grano fino de color azul oscuro. El lomo presenta una estampación en oro (gilt lettering) con el apellido del autor, el título abreviado y el sello tipográfico de Oxford en la base. Las letras doradas lucen nítidas, sin desvanecimiento por oxidación. Impreso con tipos móviles tradicionales de plomo en los talleres de la universidad. El papel utilizado es de pasta de madera de alta calidad, libre de ácido, lo que significa que un ejemplar bien conservado no debe presentar manchas de boro o herrumbre por humedad ni un tono amarillento excesivo. Uno con una dedicatoria autógrafa de Prior se convierte en un verdadero incunable de la filosofía analítica del siglo xx. Un lujo.
