Ya Tácito describe cómo los emperadores decadentes atribuían a “enemigos del Estado” las consecuencias de su propia corrupción.
En la Francia previa a la Revolución, buena parte de la corte de Luis XVI interpretó durante años el colapso financiero y el desprestigio de Versalles como resultado de campañas de libelistas, masones, agitadores o enemigos extranjeros. La corrupción fiscal y la alienación aristocrática eran enormes, pero muchos cortesanos preferían imaginar una “campaña de descrédito” antes que admitir la putrefacción del Antiguo Régimen.
Tras la Primera Guerra Mundial, sectores nacionalistas alemanes difundieron la idea de que Alemania no había sido derrotada militarmente, sino traicionada por políticos, periodistas, judíos y socialistas. La famosa Dolchstoßlegende (“leyenda de la puñalada por la espalda”) permitió eludir responsabilidades.
En la Unión Soviética de Iósif Stalin, cualquier fracaso económico, hambruna o desastre administrativo era atribuido a “saboteadores”, “trotskistas”, “agentes extranjeros” o “enemigos del pueblo”.
En muchos casos, cuanto más deteriorado está un régimen, más necesita sentirse víctima de una inmensa conspiración: periodistas, jueces, financieros, universidades, potencias extranjeras, empresarios, magistrados, intelectuales, humoristas, y tutti quanti.
Los regímenes agotados hablan de enemigos cuando no pueden hablar sinceramente de sí mismos.
