Cornaro 92

Las hamburguesas americanas son extraordinariamente blandas; parecen disolverse antes de exigir el menor esfuerzo de masticación. Todo está pensado para evitar cualquier resistencia física. El ketchup, el queso fundido, el tomate insípido, la lechuga brillante y la grasa caliente componen un sabor infantil y brutalmente eficaz, una especie de felicidad fabril instantánea. Una buena hamburguesa debe gotear grasa, oler a plancha caliente y saber ligeramente a humo y sal. Debe ser obscena y simple. La hamburguesa perfecta no es refinada. Es un objeto primitivo: carne, fuego, grasa, muchísima grasa, y pan de plástico. Sabe a plancha sucia, a grumos de grasa – siempre, siempre picadillos de grasa- y a infancia industrializada: un sabor construido para eliminar toda incertidumbre. Como dice Don DeLillo en «White Noise»: «En América uno podía comer una hamburguesa sin saber exactamente de qué estaba hecha; quizá ésa era precisamente la definición moderna de civilización».

En contraste con el sabor a cartón y química dulzona, el olor de la carne asada en una clásica casa europea, sube lentamente por la sala, mezclándose con el aroma del vino oscuro y de la leña de encina. La grasa chisporrotea sobre las brasas; y en aquella mezcla de sal gorda y jugos calientes hay algo profundamente antiguo, casi religioso. Desprende un perfume espeso de especias, horno y vino reducido. Bajo la corteza dorada aparece una suavidad casi voluptuosa; y el sabor permanece lentamente en la boca, grave, cálido, alto como una música de cámara.

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